La pobreza conceptual, la batalla de ideas y la hegemonía cultural gramsciana

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© Revista Temas, 20-10-2011.
La pobreza conceptual, la batalla de ideas y la hegemonía cultural gramsciana
Darel Avalus Zimertan
Ingeniero en Comunicaciones.
zimertan@gmail.com

El acriticismo pandémico que se extiende casi universalmente se caracteriza por la aceptación pasiva generalizada de referentes sociales, o sea, la incorporación sin análisis de los valores que la ideología dominante de la época impone sutilmente, a través del modo de vida. Así, muchas personas dan por “sabido” nociones como “bueno”, “deseable”, “necesario”, “beneficioso” y, en fin, prácticamente el arsenal íntegro de adjetivos de cualquier lengua. Ese conceptualismo totalitario mundialmente compartido explica la grisura formal de las individualidades: todos parecen anhelar el mismo estilo de vida, idénticas recreaciones, iguales modos de abordar y percibir lo real. En el nivel social semejante aproximación a la realidad se refleja en la falta de rigor conceptual con que se expresan algunos tecnócratas, pensadores sociales y otros entes generadores de opinión y consenso social, sin excluir a ciertos dirigentes y autoridades. Sirva de soporte a lo dicho el artículo “La actualización del modelo económico cubano: continuidad y ruptura”, del profesor Ricardo Torres Pérez, del Centro de Estudios de la Economía Cubana (CEEC), adscrito a la Universidad de La Habana, publicado en esta misma sección Catalejo. Torres Pérez comienza su texto afirmando que en Cuba los cambios sociales se dilatan y la capacidad efectiva del Estado de promover una agenda de desarrollo se ve limitada por soportar la pesada carga de una herencia prolongada demasiado tiempo; y luego achaca a las crisis recurrentes el desvío continuo de la atención (y fuerzas) del Estado hacia aspectos coyunturales. Me pregunto, ¿qué país no tiene crisis recurrentes?, ¿a qué se deben, en nuestro caso particular?, ¿qué país, en una crisis, no se ve obligado a “desviar continuamente la atención hacia los aspectos coyunturales”? Por ejemplo, los propios Estados Unidos acaban de “desviar toda su atención” para encarar una “crisis coyuntural”, acaso más profunda, asignando un salvataje de más de un billón de dólares a los responsables directos de la crisis. A continuación, Torres Pérez insiste en su preocupación por la ruta de desarrollo económico —concepto que tampoco define. Asegura que Cuba ha enfrentado agudos problemas derivados de su ineficiente patrón de crecimiento, dependiente de recursos externos materiales y financieros, sin aclarar cuáles, ni qué causas provocaron que hubiera esa dependencia. ¿Es esa situación diferente para algún país en este planeta, especialmente si es del Tercer mundo? El profesor informa de los atrasos en el crecimiento de la productividad, la competitividad y los volúmenes de inversión, en casi todas las producciones, pero no da a conocer qué excepciones hay, ni con qué patrón se evalúan los índices señalados. Afirma que los rendimientos agrícolas en Cuba son bajos en comparación con la media mundial y otros países de su entorno geográfico. No dice si al comparar esos rendimientos ha considerado los factores ecológicos y la sustentabilidad de la agricultura en los otros países con los que se compara. ¿A qué costo medioambiental se obtiene, en esos países, un rendimiento elevado respecto al de Cuba? Dadas las circunstancias de deterioro que experimenta el planeta, esta no es una interrogante baladí. A continuación, el autor expresa sus inquietudes en torno a la baja productividad de la fuerza laboral cubana. Es difícil objetar. Y más espinoso sería dar causas no relacionadas ora con la tesis de la pobreza inmerecida (según la cual, esta no es el resultado del saqueo de sus riquezas que les impone el orden mundial vigente, sino de las políticas erróneas seguidas por sus propios pueblos), ora con las distorsiones de las estructuras económico-productivas de los países del Tercer mundo que provocan en ellos aposta las neo-metrópolis. Muy arduo es responder a la interrogante: ¿cómo es más adecuado actuar? Incluso, ¿cuál referente emplear para medir la idoneidad de la acción, de la conducta, del procedimiento, de los propósitos inmediatos, de las metas lejanas? Torres Pérez asegura que la subutilización [extrema] de la tierra se debe a “la inexistencia de un esquema de incentivos correctamente diseñado”. Sí, evidencias tales como el inmovilismo prolongado de salarios, tasas de cambio y otros elementos crematísticos similares, con las ventajas y desventajas que semejante conducta social acarrea, hacen plausible la afirmación de que Cuba ha carecido de una política financiera suficiente para dar respuestas coyunturales con una celeridad más conveniente. También es cierto que quizás esa sea una de las causas para que haya “un grado de subutilización extremo de la tierra”, pero casi con seguridad no es la única razón, en contra de lo que indica el texto. En cuanto al hecho de que las importaciones de alimentos representan 80% del consumo doméstico y significan alrededor de la cuarta parte de las importaciones anuales, cabe señalar que la búsqueda de la máxima eficiencia en la producción agrícola, por ejemplo, podría poner en riesgo, contradictoriamente, la seguridad alimentaria de la nación. Pues, ¿qué hacer si importar tomates, digamos, con determinada calidad y rendimiento resulta más rentable que producirlos en el país con las mismas exigencias? Cabe agregar que la oración con que concluye Torres Pérez este párrafo del artículo (“Este panorama tiene un efecto devastador sobre las comunidades rurales…”) es maximalista e insuficiente. Ese panorama [la inexistencia de un correcto esquema de incentivos que provoca la subutilización extrema de la tierra] no parece ser la única causa entre las que enrarecen las oportunidades y el despoblamiento del campo, y el incremento de la brecha respecto a la ciudad. Tal vez no sea siquiera la principal causa de ese fenómeno, dada su universalidad epocal. El análisis de Torres Pérez se detiene posteriormente en el (llamado) sector terciario. La afirmación de que este sector en Cuba evidencia agudas desproporciones de la economía sin funcionar como complemento de la actividad productiva, ofrece —en una primera aproximación— la impresión de que hay un divorcio entre los ingresos provenientes de ese sector y las restantes actividades productivas, incluyendo tanto la obtención como la distribución de los ingresos. Pero en Cuba están centralizados ambos procesos. Esto es, todas las fuentes de ingresos tributan a una entidad central y su distribución, también centralizada, solo tiene dos cuencas: los recursos destinados (estatalmente en lo fundamental) a la reproducción (incluyendo al sector terciario) de las estructuras económicas, y los designados para la satisfacción de las exigencias del modo de vida derivado del sistema social imperante en el país. De este esquema resulta evidente que hay alguna relación entre la creación de fondos y su distribución. No obstante, esa relación, como señala el texto, no parece ser orgánica. En efecto, en las grandes economías de los países más desarrollados (tecnológicamente), el crecimiento y el ímpetu del sector productivo es tal que —a través de las tecnologías, modos, protocolos, consultorías, metodologías, procedimientos, visiones, know- how y similares que de suyo engendra— el llamado sector terciario se “desparrama”, y se convierte en un rubro generador de réditos de importancia creciente (terciarización de la economía). Sin embargo, en Cuba, como en la aplastante mayoría de los países tercermundistas y de desarrollo (tecnológico) medio —muchos de ellos exentos de cualquier restricción comercial (Cuba no, por cierto), y que cuentan con ingresos secretos, provenientes del tráfico de artículos ilegales de los que Cuba (afortunadamente) carece— el crecimiento del sector terciario es un proceso aleatorio y, en verdad, puntualmente individual. En el caso cubano, la progresión de ese sector está fuertemente vinculada a los procesos de instrucción masiva que ha seguido el país en los últimos cincuenta años, gracias a los cuales exporta servicios de salud y tecnológicos porque tiene médicos, técnicos, licenciados, ingenieros. Este último hecho no es mencionado por el autor. Torres Pérez imputa a la alta verticalidad y rigidez en la estructuración de las cadenas de valor en la economía el escaso desarrollo de los servicios productivos (financieros, legales, técnicos, consultorías, etc.). Más adelante indica que la cubana no puede ser considerada una economía de servicios típica, a causa del escaso desarrollo de las relaciones horizontales, con una asignación de recursos de forma centralizada y discrecional. Es casi imposible discordar. Sin embargo, su lectura deja la sensación de que se está comparando el estado de los servicios productivos en Cuba con los de los países en los que el sector terciario se encuentra por encima de la media mundial de 63,8% en la formación del PIB —como, por ejemplo, Bélgica, 77,2%; Reino Unido, 77,1%; Estados Unidos, 76,7%; Japón, 75,9%; Italia, 73,3%; Unión Europea, 73,2%; Países Bajos, 72,4%; Suecia, 72,2%; España, 71,6%; Alemania, 71,3%; Australia, 71,2%; Austria, 69,1%, etc. Si no fuera del todo absurdo suponer que algún país podría actualmente tomar a esas naciones como parangón y recorrer el camino seguido por ellas hacia el estado económico que hoy exhiben, sería quizás interesante hacer una suerte de modelo dinámico, cuyas condiciones de frontera incluyeran el bloqueo económico a que está sometida Cuba y excluyeran la posesión de riquísimas colonias, que sustentaron el proceso de sucesivas revoluciones que convirtieron a las ciencias en fuerza productiva en las metrópolis. Torres Pérez supone que la diversidad de mercados inconexos y la dualidad monetaria reducen la efectividad del mecanismo de asignación de recursos, a causa de la cantidad de mecanismos de formación de precios y tipos de cambio. Sin embargo, a quien sea testigo imparcial de cómo funcionan las entidades financieras y comerciales del mundo actual, le resulta difícil aceptar que la diversidad de monedas y tipos de cambio, la compartimentación interdepartamental profunda (incluso el hermetismo, el secretismo o la extrema discreción) y la variedad de mecanismos de formación de precios conforman en Cuba un conjunto de singularidades más agudas que las enfrentadas por cualquiera de las megaempresas globales, las grandes bolsas de valores del mundo y otras instituciones financieras internacionales. La hipótesis de que en Cuba no han sido elaboradas las metodologías adecuadas de cómputo para enfrentar esa situación parece más verosímil. El profesor identifica la existencia de subsidios cruzados a partir del alto nivel de concentración de los ingresos externos en pocos sectores y empresas. Sin dudas, los subsidios cruzados “enmascarados” son, por imponderables, un factor negativo para acercar el cálculo financiero de cualquier entidad económica a la realidad. Deducir su existencia del nivel de concentración de los ingresos no es tarea muy sencilla. Tanto más difícil es demostrar que la mencionada concentración es el condicionante esencial (suficiente y necesario) de esa situación, puesto que equivale a aceptar que ella desaparecería con la multiplicación desconcentrada de las vías de ingreso. El alejamiento del sistema económico cubano —señalado por Torres Pérez— de las tendencias del comercio internacional, como causa de que los precios internacionales no actúen como un referente complementario para la formación de precios y la realización de inversiones en el país, invita a pensar en que las crisis económicas del capitalismo revelan, mejor que ningún otro fenómeno, el carácter consensual, voluntarista y subjetivo de los precios que defienden las políticas actuales de tasación de mercancías, a tenor con los fines mayoritariamente neoliberales del sistema impuesto al mundo de todas las maneras posibles. Todo lo anterior licita aconsejar cierta independencia y alejamiento de “las tendencias del comercio internacional y las prácticas generalmente aceptadas en ese ámbito”, razón por la cual tal vez la conducta más sensata consista no en buscar ataduras estrictas con las mencionadas estructuras internacionales de definición de precios, sino revelar qué grado de autonomía resultaría el más indicado, considerando el impacto de cualesquiera modificaciones que se produzcan en los mencionados mecanismos internacionales de tasación sobre el factor social interno. El investigador del CEEC, también en forma general, asegura que hay una “evolución negativa” en la articulación productiva porque: a) se niega a la localidad un espacio para generar alternativas de desarrollo; b) hay una débil relación entre los territorios y el sistema financiero y una precaria estructura de las tecnologías de la información y las comunicaciones. Ignorado el significado de la expresión “evolución negativa”, cuyos efectos son difíciles de visualizar, resulta probable que el texto mismo aluda más a la “articulación productiva” geográfica que sectorial. Y nuevamente aquí es sensato preguntarse cuánto del cuadro descrito es privativo de las estructuras económicas de Cuba y cuánto encuentra génesis en formas espurias, heredadas, impuestas. Por otra parte, a juzgar por los esfuerzos gubernamentales realizados en las TIC (tecnologías de información y comunicaciones), como la creación de la UCI y la difusión masiva de los lenguajes computacionales a través de múltiples centros de adiestramiento de acceso público irrestricto, hay que concluir que la baja conectividad del país se debe más a carencias materiales que a voluntad inversionista. En resumen, el texto del profesor Torres Pérez podría resultar más útil y recoger iniciativas de acción —acertadas o no—, a partir de que se bosquejara adecuadamente el contexto: a) condiciones iniciales; b) fines perseguidos. No es este el primero ni el único trabajo economicista publicado recientemente en Cuba. El economista Omar Everleny Pérez, “uno de los padres espirituales de la reforma en curso”, según afirma Renaud Lambert, quien lo entrevistó para Le Monde Diplomatique (reproducido en Rebelión, http://www.rebelion.org/docs/126708.pdf), expresó: “Sí, hay gente que va a perder con las reformas. Sí, hay gente que va a estar desocupada. Sí, las desigualdades van a aumentar”. Más adelante añadió: “[Esas desigualdades] ya existen: lo que tenemos hoy es una falsa igualdad. Lo que hay que determinar ahora es quién merece realmente estar más arriba”. Uno se pregunta qué entiende este experto por “merecer estar arriba”. Estos enfoques colocan a la economía ante la ciudadanía con la falsa percepción de que ella constituye el contenido esencial del problema humano. Sin embargo, la economía —que no es un fin, sino un medio, a pesar de que no es así como se practica en las políticas actuales de casi todas las naciones—, ha de estar definida por las metas de la nación, y no a la inversa, mientras que las propias metas carecen de sentido sin considerar las condiciones concretas y las posibilidades económicas de la nación. Este aserto resulta menos disputable en países que aspiran a controlar, mediante planes científicamente elaborados, los entresijos de sus economías. A despecho de cuánto análisis merezca el tema del desarrollo, el único conocido en el mundo, acuciado por Occidente (al menos, el único desarrollo que se ha impuesto en todas las aristas de la vida), es el tecnológico, entendido como la alteración creciente del decurso insito de la naturaleza por los seres humanos, con la ayuda de máquinas herramientas cada vez más sofisticadas, sin que exista un conocimiento exhaustivo de sus consecuencias. Gracias a esto, hemos traspasado los límites de riesgo para la sobrevivencia de la humanidad y de la propia vida en el planeta, no a causa de factores estocásticos externos, sino de la acción misma de sus especímenes. Bien pensado el asunto, las condiciones necesarias para que un país alcance el desarrollo tecnológico son: a) las naciones ricas deben dar financiamiento; b) las naciones ricas deben suministrar know-how; c) las naciones ricas no deben impedirle espacios del mercado. Por su parte, la condición suficiente es: d) el país en cuestión debe poseer fuentes de abastecimiento de materias primas y fuerza de trabajo en condiciones muy ventajosas. A lo que se ve, no existen los “milagros económicos”; salvo como embuste de la ideología dominante. Ninguna de esas condiciones es aplicable al caso de Cuba. De acuerdo con la visión del mainstream académico imperante en el pensamiento económico mundial, circunscribirse al “desarrollo económico” es referirse a un concepto muy amplio que por lo general incluye los esfuerzos concertados de las autoridades y la ciudadanía para alcanzar un nivel de vida y de robustez económica en un área específica. Tal empeño puede abarcar múltiples sectores tales como el desarrollo del (controvertidamente llamado) capital humano, de la infraestructura crítica, la competitividad regional, la sostenibilidad medioambiental, la inclusión social, la salud, la seguridad, la educación y otras iniciativas. Luego, cuando se aborda el problema del desarrollo necesario para Cuba, ¿de qué estamos hablando? En primer lugar, aun en el espíritu neoliberal que permea los conceptos definitorios del desarrollo económico propios del mainstream, es discutible la posición de Cuba en la mayoría de esos índices dentro del concierto de naciones del Tercer mundo. En segundo, debe señalarse que existe una confianza casi universal dentro de ese pensamiento académico acerca de la eficacia y eficiencia productivas de las estructuras jerárquicas, razón por la cual la teoría política capitalista exige, como premisa funcional, la estratificación de la sociedad que se aventure en semejante tránsito. No es lo mismo dar al dinero la posición de referente universal de mercancías para el que fue creado, que tasar monetariamente todos los elementos sociales, incluyendo la justicia, las relaciones personales, las conductas, el pensamiento. Para una sociedad cualquiera (tanto más una que emprende un camino raigalmente diferente), si a una relativa pobreza material del entorno se suman una desigualdad social aguda y una crítica implacable, superficial y sostenida al curso económico seguido en el pasado como explicación de las carencias materiales, se obtiene una combinación implosiva simplemente letal. Como es lógico, en primer lugar, las potencias umbilicales no van a apertrechar tecnológicamente a un país periférico para convertirlo en amenaza a su preeminencia, alcanzando altas tasas de productividad, mediante la aplicación a gran escala de la ciencia, para que este país agregue valor a sus productos y deje eventualmente de exportar materias primas como rubro principal de comercio. Tampoco le regalarán mercados, y —puesto que parece olvido frecuente entre tecnócratas soñadores— no es ocioso insistir en que cualquier producto tiene una y solo una peculiaridad que merece el calificativo de “imprescindible”: poseer mercado. Esa perspectiva impuesta garantiza a cualquier nación “elegida” para la mutación de su calificación, el bellum omniun contra omnes inter pares por un lugar subalterno. Muchos expertos coinciden en afirmar que los problemas que hoy enfrenta la humanidad están más asociados con la distribución que con la producción de bienes, y que —sin transgredir ciertos límites inferiores de posesión de estos— la pobreza, a los efectos de la realización existencial personal de seres humanos socializados, constituye un problema infinitamente menor que la desigualdad social. Tal vez por todas esas razones, algunos de los países americanos que intentan con mayores bríos seguir un camino alternativo, no (tan) neoliberal, comienzan por plantearse referentes claros: qué entenderán por “progreso”, a qué llaman Buen Vivir (el sumak kawsay del kichwa ecuatoriano) o Vivir Bien (el suma tamaña del aymara boliviano), cómo conjugar el “desarrollismo” con el espíritu íntimo de la nación y las necesidades de la población, y otras precepciones básicas. En definitiva, parece apropiado que las naciones (Estados, países) y cualesquiera otros grupos sociales suficientemente estructurados y discernibles, y sus entidades gubernamentales, revisen conceptos referenciales asumidos sin discernimiento meticuloso, como son “desarrollo”, “progreso”, “riquezas”, “etapas de crecimiento”, “necesidades humanas”, y todas las nociones adicionales de alcance equivalente sujetas al interés público, antes de que la resiliencia de los ecosistemas planetarios sea insuficiente para lidiar con las transformaciones tecnológicas del entorno, mientras que —en el plano individual— sería propicio que las autoridades sociales adecuadas y otras figuras prominentes instaran a los ciudadanos, con la ayuda insustituible de los recursos de la culturización, sin imposiciones ni didactismos, a meditar en torno al significado esencial de palabras como “éxito personal”, “felicidad humana”, “realización existencial”, “sentido de la vida” y categorías similares, y a establecer distinciones claras entre “ambiciones” y “aspiraciones”, entre “ensoñaciones” y “propósitos” para dar sentido (contenido) a la existencia individual. En cualquier caso, si el pasado ha forjado contingentemente en todos los países sociedades estamentales, para las naciones que se empeñen en superar esas asimetrías sistémicas, no es desatinado en absoluto identificar tales estratos sociales de acuerdo a estados de satisfacción de las necesidades materiales y espirituales básicas del individuo, no por índices crematísticos, como habitualmente se hace, sino por sus posibilidades reales de viabilidad, subsistencia, productividad y crecimiento. El movimiento (llamado) altermundista, tan apoyado oficialmente en Cuba como poco conocido entre los cubanos “de a pie”, es un conjunto de fuerzas sociales internacionales, muy heterogéneas y, en consecuencia, débilmente cohesionadas en muchos planos, cuyo único espacio, más o menos estrecho, de coincidencias se circunscribe al empeño de diseñar una alternativa de “desarrollo” (o de futuro) al mundo actual, divergente en grado variable de la propuesta equivalente que se deduce, sin esfuerzos adicionales, de los presupuestos vigentes del capitalismo neoliberal. La consigna principal del altermundismo es “Otro mundo es posible”. No parece un lema suficiente. No obstante, quienes apuestan por un mandamiento más radical, cual sería “Un mundo mejor es posible”, han de asumir el riesgo de buscar consenso, considerando las circunstancias actuales, en torno al calificativo absoluto “mejor”, cuya formulación conceptual formaría parte de un paradigma que plantea una arquitectura social mucho menos jerarquizada. La importancia de semejante empeño no es minimizable.

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