Una tarde de domingo…

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Domingo, 18 de noviembre de 2012. Hora: 17:18

La tarde del domingo siempre ha resultado ser muy triste, sobre todo si la pasas en soledad. Pero aquella era soleada e invernal a la misma vez. La angustia se colocaba a modo de jolongo en mi espalda y solo anhelaba que llegara el lunes. Afligido por mis pensamientos puse la cafetera en el fogón y minutos después el aroma me reanimó un poco.

Trasteaba en el cuarto cuando una voz llamó por el patio. Realicé el recorrido despacio pues supuse que era el vecino que siempre viene antes del partido de pelota para discutir el line up. No fue así, pues el joven de ojos verdes que allí estaba se reía y negaba con la cabeza. No discubrí lo gracioso, me molesta que se burlen de mi barba o de mi pelo desordenado y sin peinar aun siendo las doce del día.

Luego de una breve presentación mi mandíbula se zafó demostrando un shock sorpresivo y momentáneo. La realidad se cuestiona a veces porque algo suele ser lo que no parece. Sin embargo, estaba allí. Renecito ahora es tan alto como yo. Aquel gordito inquieto con quien perdía horas enteras creyendo que éramos Sancho y el Quijote, estaba en mi casa. Era distinto, pues nunca antes él había venido por aquí.

Enseguida vinieron los saludos, las admiraciones y las demostraciones de interés por uno y otro pasado. Estuvimos de pie alrededor de media hora antes de que me expresara su partida. Después pensé en mi descortesía, pero estaba tan absorto reconociendo a aquel muchacho que no caí en la cuenta de ello. Me contó rápidamente sus últimos nueve años de vida, pues nos separamos cuando empecé el décimo grado en la vocacional, y el comenzaba a usar el amarillo como uniforme.

Recordamos que fui el cebo que lo mantuvo en casa durante fines de semana interminables o en las neblinosas vacaciones organizando, en un lugar muy húmedo del patio donde crecían algunas malas hierbas, nuestro propio Parque Jurásico. Evocamos los embrollos resueltos a tiros de agua contra los “bandoleros” de la otra cuadra que querían saquear nuestras bolsas de soldaditos de plástico, y hasta hablamos de la organizada expedición de camiones por todo el continente que representaba el patio de mi abuela.

Nuestra cofradía era única, de solo dos miembros y con dos grandes rectoras: mi abuela y su mamá. No necesitábamos Nintendo ni Family game para apartar el tedio. Una tarde lluviosa se tornaba en una aventura por los oscuros mares de la zanja donde nuestros barcos de papel se hundían en las tenebrosas alcantarillas donde habitaba un kraken demoledor de esperanzas.

Así transcurrieron nuestras infancias, las que recordé aquella tarde de domingo cuando se apareció en casa el escudero que me alejaba de las locuras que provocan las novelas de caballería. Recordé el libro de cuentos de Mark Twain abandonado sobre mi cama para escaparme con él a la jungla encantada de los juegos, donde siempre esperábamos encontrar la fuente de la eterna diversión. Ningún esfuerzo era en vano. Buscábamos esperanzados algo que todavía no sabemos qué es. Ni esa tarde nos enteramos de que pudiera ser, aunque nuestras miradas estuvieran llenas de anhelos.

Al marcharse, dejó la aroma melancólica de los recuerdos que me mantuvo embriagado durante horas y sustituyó la del frío café. La tarde se mantuvo solitaria y comencé a acariciar algunos juguetes que guardo en lugares privilegiados de mi cuarto. Solo algo importante merece ser mencionado: nuestros cuerpos crecieron, nuestro modo de pensar cambió, pero los recuerdos han perdurado aunque el espejo no refleje las mismas caras y los juguetes sean otros y pertenezcan a otro estado de maduración. Esto sucedió aquella tarde de domingo.

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