La crónica de vida de un campesino que va más allá de los caprichos de la naturaleza

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Autor: Manuel Alejandro Hernández Barrios

Veinticinco años después, en un sillón azul, Francisco Montano habría de recordar aquel año de 1987 cuando decidió abandonar la tornería para iniciarse en el oficio de agricultor. Aquella tarde el torno fue sustituido por el arado.
Por entonces no habían cochiqueras, ni pozos de agua y la veintena de casas de los alrededores eran de madera y el camino solo llegaba hasta la cantera donde las prehistóricas piedras eran extraídas como huevos en grandes cunas móviles de hierro.
Cuba era próspera, y faltaban dos años para el holocausto económico, pero ya las cosas se señalaban con los dedos, como en alerta.
En 1998, después del amargo Período Especial, Pillín –como reconocen a Francisco Montano- dio a conocer su intención y se inició en la cría de cochinos en un convenio con la Cooperativa de Créditos y Servicios Caridad Díaz, del municipio Candelaria. Dos años después participó en el primer encuentro nacional de criadores de cerdo, donde aprendió todo lo que hasta ahora sabe de esos animales.
En la zona había unos pocos pozos de agua. Por lo que la noticia provocó gran alboroto en el caserío. Sin embargo, con unas pocas cabillas, unas cuantas tablas de pino y la ayuda desinteresada del hermano inventó una cochiquera, la cual modernizó en el año 2000 con los canelones y las barras de hierro de una cochiquera cercana que el estado decidió desmantelar para reutilizar el terreno donde estaba.
Hoy Pillín sonríe porque parece haber encontrado una vena subterránea con agua suficiente como para aguantar la sequía del año 2003, cuando todos los pequeños pozos de la zona se secaron y los vecinos acudieron a él con pipas y carretones.
Así Francisco conoció la intención de su apodo, avizoró su futuro y el de su familia, construyó una extensa cerca perimetral de piedras para proteger el patrimonio doméstico, y plantó sus tres hectáreas de tierras con plátanos, frijoles, maíz y ajo. Hoy tiene diez manzanas sembradas de frijoles, que recogidas representan entre sesenta y setenta quintales, en dependencia de las condiciones naturales del año.
Meses después construyó el primer digestor para la producción de biogás en la zona. Fue un modelo “tubular”: su forma es dos cilindros de cemento. El segundo de “campana fija”: un cubo de mampostería herméticamente cerrado. El tercero, un par de piscinas redondas con una “campana móvil”, donde la presión del gas mantiene a las tapas de hierro de manera que simulan una caldera gigante.

Digestores

Digestores

Estos tipos de reciclaje convierten cantidades inexactas de residual orgánico en Biogás, un tipo de combustible renovable que se obtiene a partir de la digestión de prácticamente cualquier tipo de material orgánico. Ese producto se mantiene en el digestor hasta que se seque, solo entonces se debe limpiar su interior.
Francisco, no es corpulento, tiene bigotes y calza botas. No usa sombrero, sino gorra. No fuma, no toma ron, ni siquiera se “espanta” el buche de café caliente de las mañanas. Trabaja solo o con unos pocos ayudantes –dos en la cochiquera y uno en el campo- desde las seis de la mañana y hasta las doce de la noche, cuando al fin se acuesta al lado de su mujer. Es un campesino con ingenio y una alborotada imaginación con la que va más allá de los caprichos de la naturaleza. No le gusta hablar para muchos, ni para periodistas, pero sabe demostrar la importancia de lo que tiene y la necesidad de lo que hace.
Construyó a unos metros de su casa una presa para la recolección del agua que destila la materia orgánica retenida en los digestores. Ese residuo líquido es utilizado para regar la siembra como un fertilizante alternativo de gran valor.
Los beneficios de sus útiles invenciones le han servido para enmendarse en el trabajo por cuenta propia. Cuenta con la patente de elaborador-vendedor en punto fijo. Tratado que le permite afiliarse a la seguridad social.
Su mujer cuenta con la ayuda de dos asalariadas. En la cochiquera, dos peones mantienen limpios los corrales, sirven el pienso y cuidan las 18 horas de sueño de los cien cerdos. Mientras, en el sembrado Francisco Montano se apoya en la ayuda del quinto de sus empleados. Además, como cuenta con la disposición de su hermano, él puede participar en varias labores a la vez.
Su producción es estable y tiende a aumentar. No es fácil sacar a este hombre del trabajo. Sus apresuradas apariciones ante las visitas están determinadas por un horario, porque el día no se puede ensanchar. Pero en la misma medida en que sus resultados crecen, es mayor su preocupación por el impacto en el entorno, satisfactoria situación que siguen los especialistas de la Delegación Provincial de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente.
Pillín se mantiene al tanto de la producción, dirige el trabajo y además explora palmo a palmo su hábitat en busca de vulnerabilidades que puedan contaminar su microambiente. Esta perspicacia le permite mantener una situación higiénico-sanitaria favorable, manteniendo a raya los posibles potenciales contaminadores que pudieran aparecer. Ejemplo de ello constituye el adecuado manejo que mantiene con los residuales líquidos.
Con la esperanza de desarrollar ese espacio tomado en usufructo, se mantiene Francisco Montano. Espera la sonrisa del futuro para perfeccionar su trabajo y así producir más. Hasta el momento sus conjeturas han funcionado y recita sus declaraciones con el tono de un campesino orgulloso de lo que ha hecho. Ha encontrado más de una piedra y varios hierros oxidados pero su trabajo resuena más allá de la empedrada cerca. Su empeño ha desarticulado más de una armadura burocrática y sin embargo no cuelga de su cuello relicario alguno que lo proteja, solo el sudor debe correr por su piel.

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Un comentario en “La crónica de vida de un campesino que va más allá de los caprichos de la naturaleza

  1. este hombre me enseñó muchos secretos de la tierra, me enseñó a ser mejor entrevistador porque me evadía para atender el trabajo y eso me enseñó que trabajar es lo más importante. me enseñó que a las trabas burocráticas hay que ponerles el pecho y me enseñó que a la envidia hay que tratarla como a los bueyes: enyuntados y detrás de ellos con la púa… hay que esperar sobre el surco como el arado espera a la suavidad de la tierra… en el periodismo hay que saber esperar con fusil y cota de malla…

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