5007

Estándar

el muchachon de la cuchillaA las doce y cinco de la madrugada yo no llamaría a casa de nadie. La media noche es una hora romántica. En ese momento, ya se descansa, se duerme, se mira una película, se leen unos párrafos, pocos los que a esa hora todavía escuchan música, algunos se hacen el amor y otros trasnochan.

La media noche también es la hora del escritor, o al menos de aquel que intenta decir algo a través de la escritura. Es la hora en que escribo este post. Es la hora de los que aman, de los que sueñan y de todos esos lugares comunes del romanticismo. Pero no es la hora de llamar a una casa.

El 24 de septiembre de 2013, llamé a casa de Cynthia porque me marcaba insistentemente al celular. Eran las doce y cinco. ¡Qué pena! ¿Qué querrá esta chiquita ahora? Es la pregunta que me hago cuando me llama algún viejo(a) compañero(a) de aula. Desde el 12 de julio de 2013 mi diafragma es el que mejor respira, mi estómago el más aliviado, y mi corazón late a un ritmo normal sin que la presión sanguínea aumente. Ya no me estreso, pero si recuerdo que cuando me llamaban a la casa era solo para darme malas noticias. El resto de las informaciones los recibía a modo SMS.

La musaraña quería que revisara su blog, porque había escrito algo para mí. Cualquier cosa te pasa por la mente a esa hora de la noche. Al otro día lo olvidé. Al siguiente también. Solo cuando la conexión estuvo muy lenta como para no abrir el escritorio de este blog, fue cuando recordé que alguien había escrito algo sobre mí. Enseguida puse la dirección en Mozilla. Allí estaba, con errores de distancia y de dirección, pero era un post todo mío. No había nada que criticarle a aquella que tanto critiqué. No había nada que reprocharle a aquella que tanta furia provocó en mí. No había nada que decir, ni SMS que mandar, no fue hasta semanas después que le escribí.

Lo primero que hice fue intentar responder aquellos comentarios: no pude. Lo segundo fue dárselo a leer a mis allegados: Mayví, una apasionada diseñadora perdida en el abismo de ternura que es el amor y una de las que también escucha música de madrugada; a Fernando, un amigo periodista que sabe lo que es la suerte, toma más ron que agua y solo lee libros de periodismo; a mi hermana, la única mujer con un diamante de pureza en donde había un corazón, y que casi se sabe de memoria “The Great Gatsby”; al “gordo”, un rudo criador de puercos que guarda un litro de “selección de maestros” de la marca Havana Club para tomárselo conmigo el día de su cumpleaños, además de ser un serio lector del Paradiso de Lezama; a Maikel, uno que cree y profesa que yo soy el “caballo de Atila”, sé que le debo más de un empuje de esos que otros no me dieron, por considerarlo mi otro hermano aunque el tiempo y las distancias nos mantuvieron separados toda la vida, y aún lo hacen.

Pero Cynthia, sin temor a escribir la última canción, yo también quiero decir de ti y de aquellos curdas que me acompañaron durante esos cinco años que son la Universidad. No quiero volver a escribir aquella mierda que es “Los curdas”. No quiero refinar mis frases para agradecerte por entender lo que nunca he dicho con palabras delante de ningún ser humano, porque el policía interno que tengo me aplasta la lengua, justo como las Furias lo hicieron con Dante y Virgilio.

No le huyo a la citadina bondad, pero escape de ella porque no le pertenezco. Rafael González también me ha entendido y me sabe puro y quiere justicia. Tú, musaraña, me crees auténtico y raro. Pero, ¿no es musaraña un nombre demasiado auténtico para un blog? Todos somos auténticos. ¿Quién ha visto que los microwaves calienten ideas? Lo único que yo he calentado en un microwave ha sido pizza, ¿recuerdan que digo picza en vez de pizza?

“Yo he sido Homero; en breve, seré nadie”. Borgiana sentencia que me aprendí a los 14 años y que siempre repito mentalmente en los ágapes para no meter la pata y no hablar de más, por temor a que mi impulso dañe a alguien o a que mis modos no sean demasiado dieciochescos para los demás.

Por eso escribo, a veces mal y a veces muy mal, aunque Fernando diga lo contrario y patalee defendiendo mi estilo. Pero escribo porque es la única manera de decir lo que siento, porque no se hablar bonito cuando debo, porque no se decir la palabra precisa si no es escribiéndola, porque solo quiero hablar ante las cosas que importan, y decir: ¡cojones, que vola´o! Solo unas pocas mujeres, páginas de mi vida, han sido lo suficiente afortunadas para escuchar alusiones sentimentales de mi boca. Por eso quisiera que este post no fuera una respuesta al tuyo, ni otro regaño, ni otro nudo en la garganta, ni otra lágrima. Ni quiero que lo lean tanto, ni que lo celebren. ¡Haya de aquellos que practiquen el sentimiento nacional (proclamado por Doimeadios) y no dejen comentarios en estos dos post: el tuyo y este!

Debo decir de mi casa: que duermo solo en el 5007 de la calle once en “la cuchilla”; que la coriza no se me quita por el polvo de Artemisa; que ya tengo un juego de cuatro tazas negras para el café, pero que mi cafetera llena solo la mitad de una de ellas; que ya me fumé un tabaco durante la primera noche que allí dormí; que mis sábanas están frías porque al igual que David, vivo solo; que gasté todo el primer salario (600 pesos cubanos entre básico y almuerzo) en esa casa que no me pesará, y sobrevivo hasta el día siete con una tierrita que me dejo caer el puro; que duermo poco y mal, aunque me he adaptado a la soledad; que he visto fantasmas cuando voy al baño de noche; que he tenido miedo a la soledad y escucho ruidos; que tengo vecinos muy silenciosos a los que molesto con una triste Norah Jones a un volumen que no se pueden imaginar; y que todavía no he pasado calor debajo de mi techo de tejas.

Todos mis amigos están invitados al 5007 de la calle once. Vengan, que allí la función no ha comenzado todavía por falta de público. Vengan llenos de deseos de verme y de hablar conmigo, porque el león es más fiero en su madriguera. Vengan a comprobar que realmente vivo solo y que necesito a una buena cocinera, allí donde va a ser el baño. Vengan a ver a mi perro Orion, un dálmata pajarero de manchas carmelitas, y a mi gato Marco Aurelio que corretea por el techo intentando asustarme.

En el 5007 escribí este post. Ahora cuando quieran pueden caerme de sorpresa, pero pronto, con la ayuda de la Presidenta del CDR, tendré teléfono para que me puedan llamar a todas horas, incluso a la medianoche y nos avisemos de los post que escribimos y nos digamos aquellas pequeñas cosas que como comentarios no quedarán en nuestros blogs.

Anuncios

2 comentarios en “5007

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s