En la esquina

Estándar

Para mi bisabuela, para Pánfilo (o Luis Silva) y para M

MimaEn la esquina donde se entrecruzan las dos principales avenidas de Artemisa hay una bodega. Allí encontré a mi bisabuela (de 82 años) esperando por el pan. Eran las cuatro de la tarde. En el otro costado estaba mi abuela, en la carnicería, compraba los huevos de 15 centavos. Ambas me preguntaron por el día. Les dije que todo fue bien, que todavía estaba echándole pila a la jevita que les comenté y que estaba contento con mi blog –aunque ellas no entendieron esa palabra. También les hablé del deseo de que el periódico tuviera otra visión de cómo tratar los temas –tampoco entendieron.

Mi bisabuela crió a mi abuela en el cayao, un pueblo cercano a Guanajay. Esa señora tiene tres hijas. Es pequeña, muy pequeña. Sin embargo yo mido casi 1,80 metros. Mi bisabuelo Rodolfo era muy alto, orejón, narizón, en fin, un gallego con tabaco que manejaba una pipa de agua y trabajaba la tierra desde antes de la revolución hasta que la hernia lo sentó y el “malo” lo acostó. En aquella finca aprendí que el mejor almuerzo es la yuca con mojo y con chicharrones de carne y grasa de puerco, adornada con unas cebollas moradas. Allí un hermano de mi abuela me prometía un cuchillo cada vez que se emborrachaba (todos los días). Allí aprendí por qué él se emborrachaba. Aprendí a robar caña de azúcar cuando unos hombres capataces en caballo vigilaban los inmensos cañaverales.

Años después me fui a estudiar y no volví a ver a mis bisabuelos, sino hasta que él estaba en la caja que se nos lleva para siempre y ella sola en un apartamento de la Matilde, un barrio residencial de la ciudad de Artemisa.

Pero aquella tarde del 15 de noviembre de 2013 mi bisabuela estaba preocupada. Le dolía la espalda y el pan no llegaba. Ella todavía tiene una papeleta de aquellos años en que el M-26-7 era clandestino. Todavía no me ha contado de Haydée, ni de Celia, ni de Camilo. Cuando estamos solos en su apartamento me habla de Fidel y me siento orgulloso por comprar cada uno de los libros del guerrillero del tiempo y devorarlos como si fueran la mejor literatura. Me habla de Rodolfo y de Diosdado, su segundo y último novio-esposo.

Aquella tarde la vi cansada de esperar. Estaba sentada en el muro de las jardineras con hierba. Estaba ansiosa y agotada. Me tuve que ir rápido porque el agua en Toledo (el barrio menos residencial de Artemisa donde yo vivo) estaba en falta. La deje entre dos vecinas. Ella está bien todavía, pero ese día estaba cansada. A su izquierda la contemporánea vecina la acompañaba en su cansancio. A la derecha otra mujer aprovechaba para sentarse. Ésta tenía una gorra Ferrari, roja y nueva. Me acordé de aquella clase de Economía Política cuando la profe me preguntó cuál era mi deseo. Sin pensar le respondí: tener una paladar al aire libre en una azotea como la de mi amigo el Jhonah que vive en Centro Habana y después tener un Ferrari rojo como la fresa y brillante como el oro. Esa segunda señora era profesora de Biología en la Escuela Provincial de Deportes. Me habló de su sector y de cómo pidió la baja para irse a trabajar con un particular. Ella estaba en la cola junto a mi bisabuela, pero no le hacía falta, porque su hijo no come el pan de la bodega, sino el de Almentry, una cadena de panaderías que solo vende pan de flauta a 0.50 CUC o 10 pesos cubanos.

Aquella tarde llegué a la casa a las seis y caminando. Puse un disco de Raúl Paz para engañar a la soledad y extrañar un poco a M. Llené todos los tanques, los cubos y los pomos del refrigerador. Preparé el agua para bañarme. Encendí un tabaco Padrón y me preparé un Jaipiriña con hielo, limón, azúcar y un poco pasado de ron El Valle de 98 pesos cubanos. Minutos después comencé y terminé de escribir esto.

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