¿Qué buscaba en aquel libro? ¿Qué encontré?

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“Era contagioso, vibrante, una erupción de vida”.
R.D. Kaplan

Invierno Mediterráneo- Robet D. Kaplan

Invierno Mediterráneo- Robet D. Kaplan

Llegué con aquel libro en las manos. Esperanzado lo abrí en la primera página: Invierno Mediterráneo, Robert D. Kaplan. Primera Edición: abril 2004. Traducido del inglés. Escueta dedicatoria. Un mapa del mediterráneo. Los agradecimientos y por fin la primera línea: “La divinidad existe en hermosos recuerdos…”
Aquel primer capítulo fue como un garfio cuando agarra el hielo y lo arrastra por toda la nevera hasta el camión refrigerado que lo llevará al lugar donde desaparecerá. Así quedé con todo ese libro: enganchado, por dos días perdido y además destrozado por las ganas de seguir leyendo.
Llegué hasta aquellas tapas amarillas en uno de los cortísimos recorridos que realizo por ya saben que biblioteca. Hace muchos años había abandonado la idea de leer literatura de viajes, pero el tedio que es vivir solo y sin conversación en el barrio donde nací pero con vecinos irreconocibles para mis recuerdos, hizo que mis dedos agarraran aquel forro brillante como necesitados de hacerlo.

Dice Kaplan que “los grandes acontecimientos de la vida guardan mayor relación con los libros, que con las personas con las que uno se encuentra”. Yo no le quitaría ni una palabra a esa afirmación, aunque alguno me condenarían por no hacerlo. Este libro llega cuando mi dicotómico corazón necesita alivio para su inquietud.
Aquella mañana del sábado despunto soleada. Yo, con el libro en las manos hasta que llegó la noche. Casi no duermo esa madrugada. Pero mi insomnio vio su resultado: el domingo al mediodía aquel grueso tomo estaba masticado, digerido y con algunas notas en los márgenes, algunas marcas verdes y anaranjadas y varios renglones subrayados con lápiz o lapicero, en dependencia del lugar de la casa en que me encontrara.
Necesitaba un libro como este para resistir mi amorosa ambigüedad. Necesitaba ordenar ideas, porque sentía a mi alma descarriada. No quería perderme en series, ni en películas. Quería liberarme, pero a veces la libertad exige riesgos y sacrificios para salir del entorno en el que se encuentra el cuerpo. Por ello, decidí viajar en tren, en barco y a pie junto a Kaplan por todo el mediterráneo de Túnez, Sicilia, Dalmacia y Grecia.
En ese caminar entendí que no debo esconder mi adoración a Alcibíades. Kaplan me enseñó que Memorias de Adriano es una lectura inmediata –aunque ya esto lo había aprendido de Cortázar- después de haberse leído El ojo de Cibeles de Daniel Chavarría. Según Kaplan, Marguerite Youcenar reafirma que el top-model Alcibíades “había seducido a todos y a todo, incluso a la misma historia”.
Son eso juicios los que me hicieron perderme durante unas veinte horas de lectura en el viaje más solitario que he realizado, pues “el viaje ofrece el mejor tipo de soledad, puesto que la auténtica aventura no radica en el riesgo físico sino en la adquisición de conocimiento”.
Quería que a mi regreso me esperara alguien en esa casa perfecta para que viva alguien como yo, sin embargo los únicos que estaban eran Yoko, mi chow chow de ocho años y Orion, el otro sabueso de apenas cuatro meses hijo de la mezcla de las razas pointer y dálmata, ambas perdigueras. Le puse Orion porque es la única constelación que tiene que ver con un cazador, que además, lleva un cinturón de oro.
Nadie me esperaba, sin embargo en parte estaba satisfecho: “Ya vendrá”, supuse; “otro día”, agregué; “en otro lugar”, pensé. Cualquier empresa exige vigilancia, afirmó el filósofo Walter Benjamin: “se requiere práctica para perderse en una ciudad con el fin de descubrir algo importante de ella”. Y yo quería perderme por las cortas calles de Artemisa, quería encontrar a alguien en la inmensidad de sus cien mil habitantes. En todo ese pedazo de tierra colorada, yo solo tenía a Kaplan que me despedía porque recién acababa de cerrar las páginas de ese viaje que emprendimos juntos.
Cuando uno viaja debe pausar la mirada en las recónditas bellezas del paisaje, dice Kaplan que uno “arde en deseos de devorarlo”. De las ciudades lo más importante son su pasado y su cultura, porque “toda la vida intelectual reposa en última instancia en la estética”. Pero Artemisa es uniforme y su estética está dañada por la lágrima del kitsch.
Algunos días sostuve varias conversaciones con la almohada en la oscuridad de mi habitación. Encendía la lámpara de mesa para decirle a aquellas esponjas chismosas lo que creía de Robert D. Kaplan: “Que hombre más loco, descubriendo en la ubicación de las piedras, en los cuadrados y azules azulejos, en los complicados ángulos arquitectónicos y en las curvas una exaltada sinfonía”. El mismo loco que encontró en la sentencia de Walter Pater una verdad: “todo arte aspira constantemente a la condición de música”.
¿Cómo mostrar en mi blog los recuerdos del viaje? No puedo mostrar fotografías, Kaplan dice que “pueden resultar algo pasivo y reductor: Nos permite recordar con demasiada facilidad, omitiendo lo que queda detrás de la cámara y a los lados”. Lo entendí, y enseguida intenté comenzar este post que quedará como la ilustración de ese viaje.
“No podemos ser completamente felices en el presente porque debemos tener conciencia de todo el tedio y preocupaciones que lo acompañan”, recuerdo que dijo el autor en algún momento. He publicado varios post sobre la realidad y el presente en el que vivo desde que leí ese maravilloso libro, porque “la verdadera opulencia radica en poseer una buena panorámica, con el fin de apropiarse para sí nada más y nada menos que de la belleza de la tierra”… “El único sentido de la escritura es aprender a través de las propias indagaciones y después transmitirlo a otros”: lo mismo que trato de hacer con este blog.
Pero ¿cómo expresar las bellezas de la tierra? El Periodismo es la clave: “El periodismo debe llevarse a cabo a veces en silencio: para conocer el carácter de la gente y observar lo que construye… Las finas distinciones y la relatividad son la esencia del viaje, pues la comparación es la base de un análisis certero”.
“Las ciudades aferran su sentimiento como un admirador, y las multitudes le hacen sitio sin rechistar, pues la tierra tiene paciencia con la vida del hombre”. Con esta idea, y con las anteriores, en mi cabeza, esquivando baches y doblando esquinas descubrí pequeños placeres comunes en la vida de todas las ciudades y ciudadanos del mundo, con los que también preparé algunos post: “Una pareja de jóvenes entregados a un frenético intercambio sexual en un banco”; “La tarde es el momento idóneo para dormir bien”. La tarde también es una excelente justificación para permitirse algunos lujos entre los que está el de emborracharse un poquitín en algún parque, sabiendo que luego puedes ir a acostarte sin que nadie te pregunte porqué lo hiciste.
Después que uno termina una lectura educadora en placeres, y descubre que “el ámbito de lo poético es el catalizador de una verdadera educación”, entonces camina uno con estirpe de periodista descubriendo que “los más hermosos paisajes son los más sutiles: más que inundarlo a uno, lo absorben”. Luego empecé a redescubrir Artemisa como otro sitio, como mi hábitat.
Artemisa me vio nacer, pero no la puedo llamar mi Patria, porque “la patria de uno no debe ser un lugar sino un libro, o un breve recuerdo”. Y mis mejores recuerdos pasionales sucedieron en Las Terrazas, allí donde las montañas son como un lienzo de mármol verde. Además dice Kaplan que “el verdadero lugar de nacimiento de una persona es donde por primera vez uno se mira a sí mismo con inteligencia. La juventud es un periodo informe, opaco y tosco, frágil e inestable a la vez”.
Artemisa es una ciudad llena de historia, si estamos de acuerdo con Kaplan en que “la historia la hacen los caracteres de los grandes personajes”. Tiene razón en lo que dice los artemiseños creen en un hondo sentido moral, que a veces sobre pasa los límites de la racionalidad. Pero el mismo Kaplan me justifica si tenemos en cuenta que “la historia está conducida, no por las personas más inteligentes sino por las más comprometidas, y las más comprometidas no son a menudo del todo racionales. Su falta de racionalidad la compensan, sin embargo, con la pasión”. La misma pasión que mató a Ciro Redondo el 29 de noviembre de 1957 en Mar Verde, la misma que trajo a Pablo Neruda hasta el Motel Campoamor, y la misma que gobierna el sentido de las palabras de este blog.
Vuelvo al libro para decir que Robert Kaplan tiene escritura fresca y estimulante, plantea temas difíciles a personas normales que de otro modo nunca hubieran sabido nada al respecto; tiene una narrativa fluida, una fraseología más asombrosa y una erudición más amplia, si cabe. Además le caracteriza una gramática infantil. Según este autor “la narrativa de viajes podía ser también un medio para explorar el arte, la historia, la literatura y la política: fue en Grecia donde comencé a formarme una idea de cómo iba a ganarme la vida”. Tiene razón y mucho sentido en lo que dice. Yo por ejemplo diría: fue en Artemisa donde comencé a formarme una idea de cómo iba a ganarme la vida.
Robert D. Kaplan cree que “Siempre hay que tener buenas obras de consulta en la habitación donde se cena. Las mejores clases de discusiones se inician en las cenas, y uno debe disponer del instrumento para zanjarlas”. Entonces, Invierno Mediterráneo es una de esas obras que de ahora en adelante no puedo perder de vista porque me inició en un viaje esotérico por la historia del mar que más ha impactado en el desarrollo y expansión del arte y la cultura a través de contacto de las civilizaciones.
Al terminar de leer esa crónica de 300 páginas descubrí que “existe riqueza suficiente para todos nosotros, sean cuales sean nuestras capacidades y circunstancias. Lo único que se necesita es la inspiración para convocarlas”.
(Ahí tienes los comentarios para que convoques a tu inspiración) 

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3 comentarios en “¿Qué buscaba en aquel libro? ¿Qué encontré?

  1. Maiker

    Si en el antigua Japón los Samurais los hombres más temidos de esos tiempos eran capases de desarmar a varios enemigos con la destreza de su sable usted es capas de hacer que el lector se interese por sus escritos con la destreza de sus palabras . Y en estos tiempos de hoy vale más la palabra que 70cm de sable Japones

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    • Gracias al amigo que me conmueve con estos comentarios. Lo que pasa es que me emociona que pienses así de mí. Destreza fue todo lo que debí aprender cuando empecé a entrenar contigo aquel estilo de Karate que nunca aprendí tan bien como tú. Palabras es todo lo que tengo hoy en estos post de casi 70 cm de largo. Gracias por el interés también.

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