Lo que fue del jueves…

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Hoy vino y no supe demostrarle toda la alegría que ella provoca en mí. Sentí que la felicidad tocaba a mi puerta, una hermosa dama quería entrar. Cuando entró quise aplaudir; me pareció indecente. No supe que decirle hasta diez minutos después cuando dejé de abrazarla y de apretarla con mis brazos. Puse el café. Preparó su cigarro. Después de contarme los tropeles del viaje volví a abrazarla. Todavía no he encontrado las palabras para nombrar lo que siento, pero debe estar muy relacionado con la vida, o con el alma. Se pueden vivir esos momentos y entenderlos, lo difícil es contarlos. No puedo realizar una descripción coherente de lo que hacemos cuando nos vemos, lo único que sé es que cada palabra escrita es solo la superficie de un agua profunda.

En su pelo traía una flor. Un mal color. Es una flor común que crece en toda la ciudad. Hacía un fuerte contraste con su blusa oscura. Nos vimos con inquietud y dolor. A mí me asombró tanto la belleza de su cara, como la soledad de la flor o como el raro brillo de sus ojos. Un suceso raro y nunca visto por mí.

Yo debía esperarla, pero estaba leyendo y me sorprendió su cabeza asomada por la puerta. Nos quedamos en silencio mucho rato, ella porque venía fatigada, yo porque quería que no dijera una palabra. Dentro de aquel cuadrilátero no había otra alma. Después necesitamos hablar, pero cada vez que abro la boca me preocupa que ella se vaya y no vuelva más. Por eso cuando estoy con ella casi no hablo para admirarla mucho por si solo me quedan los recuerdos.

Al principio nuestras voces eran bajas, el ruido de la calle casi no me dejaba escucharla. Fue elevando el tono porque llevaba casi 24 horas sin fumar y eso la altera. Lo noté y con rapidez me le acerqué, la besé, no me rechazó, pero calmó ese deseo por el vicio. Después ella me miró sorprendida y comprendí que toda mi vida había estado esperando a esa mujer. Debe pensar que estoy loco.

Su tono de voz cambió enseguida y se volvió más animoso. Lamenté no volverla a besar. Encendió el cigarro, bebió el café y se desnudó. Con disimulado azar encontró mi camisa preferida y con ella puesta recorrió toda la casa. “¿Cuántos metros cuadrados tiene esta casa?”, me preguntó. No supe contestar, pero emprendí un soliloquio sobre cómo quedaría después de una remodelación. Entonces fue ella la que quiso silencio. Yo cedí y noté que su entrepierna ardía. El escenario que es una cama no alcanzó para demostrarle cuánto la extraño. Sobre los muelles del colchón llegó el primero, frente al espejo liberó el segundo, en mis manos recibí la emancipación del tercero, de espaldas me regaló el cuarto, sentados desató el quinto y el sexto se lo regalé yo, o creo que me lo arrancó con el impulso y la maestría de sus escuálidas manos.

¿Proseguir? Lo que sucedió era de adivinarse. Algo saltaba entre nosotros, al igual que un asesino en un callejón. Algo nos paralizó a ambos. Así corta un cuchillo. Más tarde, después de permanecer una hora abrazados y vencidos, ella lo reafirmó todo: “te siento desde hace mucho tiempo, aunque no nos conocíamos, ni siquiera nos habíamos visto”. Ella vive con otra persona, y yo con esa… que me mira y está detrás de mí cuando ella no viene.

“No quiero perderte nunca, ya te necesito para respirar. No me olvides nunca, no te alejes, no olvides mi cuerpo, no dejes de sentirme”, me dijo antes de prender otro cigarro y salir por la puerta a enfrentarse con la ciudad. Esa ciudad que ella descubre cada vez que viene porque juega con las esquinas, se escabulle entre la gente, se sienta en los parques, recoge flores cuando nadie la ve, le huye a su sombra y juega a no pisar la raya. Pero nunca ha dejado de pasar por aquella acera en la que mi nombre, escrito en el cemento, persiste ante el paso de los transeúntes.

Ahora que se marchó, recordé que debí decirle algo, un recado no sé, tal vez algo relacionado con el tiempo. No recuerdo con que idea me levanté, ni lo que hablamos mientras tomábamos aquella infusión. La invité a almorzar, no podía; el día es muy corto para las mujeres inteligentes; a ninguna le alcanzan 24 horas para cumplir con su planificación. Ellas elaboran una lista de tareas irrealizables que uno nunca va a entender. Ahora la extraño, o tal vez no y quiero hacerlo.

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