ESCUCHANDO TANTAS VOCES NECESARIAS

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Por MIGUEL TERRY VALDESPINO

En un mundo donde el audiovisual parece llevárselo todo, o casi todo, que no es lo mismo pero es igual, como cantara Silvio Rodríguez, el libro, carente de una seria promoción y de un mercado siquiera medianamente amable entre los habitantes de la ínsula, no puede muchas veces demostrar el serio caudal de conocimiento de aquellos que lo han escrito, figuras de altísimas dotes que suelen caminar por las calles de nuestros pueblos sin que la mayoría de sus habitantes repare siquiera en estas ilustres criaturas.
Volví a reiterar esta idea en fecha reciente, mientras tomaba asiento en una de las salas de la XXIII Feria Internacional del Libro, en la fortaleza San Carlos de la Cabaña, en La Habana, para escuchar la presentación de todos los títulos salidos de la editorial Unicornio, editora insigne de la provincia de Artemisa.
Los presentadores y autores de tales libros demostraron ser una fuerza especialmente competente, lista para conversar a mares sobre cualquier tema, por más claro o más oscuro que fuese, vinculado a la historia de Cuba, para conversar sobre esa exquisita suicida llamada María Luisa Milanés, poeta sincera donde las hubiere en sobra, para conversar sobre hombres como Juan Barona, un ser humano sencillo y magistral que, lejos de marcharse de Bejucal en busca de mayores glorias, que hubiera alcanzado sin dudas, prefirió quedarse en su pueblo de siempre, alamparo de su gente y escribiendo sorprendentes crónicas como la dedicada a las fiestas de 15, tal vez lo mejor que haya escuchado sobre este tema tan caro a lo largo de toda mi vida, o para escuchar que Luis Marquetti, el mejor compositor para las victrolas de la antigua Cuba y de América Latina entera, es parte innegable de la psicología insular.
Quien mira desde afuera, quizás no pueda verlo. Quien mira desde adentro, lo sabe bien. Aunque nuestros autores sean hombres y mujeres especialmente mal remunerados (La literatura tiene el salario del diablo, dicen que dijo Frank Kafka), aunque el audiovisual se lo esté tragando todo a cualquier hora del día y de la noche, aunque los jóvenes estén más pendientes de la música infame que suena en sus celulares que de las novedades de cualquier libro, lo cierto es que nadie como nuestros autores, versados en las ficciones más
variopintas o en la investigación más diversa, parecen dotados para preservar nuestra memoria, bien vapuleada por los vaivenes del tiempo y de los hombres.
Aquel día, sentado en La Cabaña, volví a recordarlo mientras -para decirlo como el poeta mexicano Efraín Huerta- un orgullo de plata me corría por el cuerpo al ver tanta inteligencia y tanta lucidez en seres que, por desgracia, todos los días cruzan por las calles de nuestros pueblos, donde muchos coterráneos ni siquiera conocen sus nombres y mucho menos su alta valía.

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