80 días

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Por Ramiro González

Voy a dar la vuelta al mundo montado en un burrito.

                Sancho Panza. 

La vuelta al mundo en 80 días

En una terminal de viajes de cuyo nombre no puedo olvidarme, me encontraba cierto día, con mochila de aventurero y una tonelada de ganas de conocer el mundo. En realidad no me disponía a conocer el mundo, yo pretendía algo más sencillo, algo más simple: recorrer mi país, mi terruño, mi patria; mi meta: hacerlo en 80 días.

Dispuesto a emprender el trayecto llegué en horas de la mañana a la terminal de viajes nacionales. Un pintoresco cartel de bienvenida distinguía la entrada de la misma: “Terminal de viajes nacionales La Ambidiestra”. Un nombre un poco inusual, puesto que no se encuentra en el Top Three de los nombres más usados para nombrar inmuebles estatales, en el que sí se hallan, ocupando el tercer peldaño, ¡nombres de países amigos!, en el segundo escalón, ¡fechas históricas!, y en el primer lugar, y con récord de semanas consecutivas, ¡¡nombres de héroes!!

En sus adentros se encontraban todas las características constructivas, administrativas, burocráticas, subjetivas y objetivas de una terminal de viajes bien diseñada. Contaba, entre otros departamentos, con una cafetería, un baño, un salón de espera, una taquilla de venta (donde se venden los pasajes) y una taquilla de información (donde se venden los periódicos), por mencionar algunos.

La terminal estaba adornada de manera muy acogedora. Se podían apreciar sus murales históricos-culturales, sus teléfonos públicos-rotos, sus colillas de cigarro en el piso, sus vagabundos… en fin, adornos en general.

En la cafetería se prescindía de una abundante oferta gastronómica, pan francés (de-antierrr), adornado con dos leves capitas de jamón, o con bistec de… bueno, no pude identificar de qué era el bistec, no solo por su escaso tamaño y gramaje, sino porque su sabor no me era familiar en el paladar. También se gozaba de otras opciones: cigarros, ron, tabaco, refresco al tiempo, agua al vapor, ristra de croqueta y condón al plato.

El baño era espectacular, contaba con un servicio 5 estrellas: sin agua, sin espejo, sin papel, sin descargar, pero con cobrador. Y no crean que es casualidad que describa estos dos lugares de forma consecutiva: es que saliendo de uno tuve que ir al otro. Para luego llegar al salón de espera o a la espera en el salón, da igual como ustedes quieran llamarlo, pues en este caso, como en las matemáticas, el orden de los factores –ni de casualidad– altera el producto.

Podría dar todos los detalles, pero entonces la historia sería muy prolongada. Así que, resumiendo, les diré que me dirigí hacia la taquilla de ventas y logré encontrar a la última persona de la cola después de gritar varias veces, y luego me senté al lado de un señor mayor que leía el periódico en uno de los asientos ortopédicos que quedaban libres en el salón.

Los asientos eran tan incómodos que no pude evitar imaginar el momento en que fueron comprados…

Comprador: Necesito asientos para una terminal de viajes.

Vendedor: ¿Cómo los quiere el señor? ¿Cómodos o incómodos?

Comprador: ¿Cuánto cuestan?

Vendedor: Cuestan lo mismo, señor.

Comprador: Pues… deme los incómodos, si total, no me voy a sentar yo.

De pronto, por el sonido ambiente se escuchaba una dulce voz de mujer que anunciaba: “Procedentes del Centro de la Tierra acaba de hacer entrada el ómnibus 665; damos la bienvenida a los pasajeros y a su tripulación, deseándoles una feliz estancia”.

—¡No sabía que se viajaba al centro de la tierra!—. Lo dije pensando en voz alta, y el señor a mi lado respondió de manera instantánea levantando la vista del periódico (comprado en la taquilla de información) y clavando su mirada sobre mí.

—Has escuchado bien. Ese ómnibus no es tan conocido porque no lo utiliza mucha gente; el ómnibus más popular es el 666, que llega siempre repleto del “Oriente de la tierra”.

Ese sí lo había escuchado, aunque debo admitir que yo no conocía más nada que mi barrio, no había ido más allá del bache Pedroso, que le llaman así porque mide 8,55 m, que es la marca con la que Iván “El Saltamontes” Pedroso (para este caso bien pudiera ser “El Saltabaches”) ganó los Juegos Olímpicos de Sídney, y está ubicado al final de la calle que pasa frente al patio de mi casa particular, que llueve, y se moja como los demás.

—¿Qué destino llevas tú? —me preguntó.

—Yo quiero recorrer el país en 80 días. Me gustaría conocerlo, tengo mucha curiosidad en él. Dicen que no hay cielo tan azul como este cielo, ni luna tan brillante como aquella, que se filtra en la dulzura de la caña, y la gente que vive en las montañas, toman leche de vaca, pura y buena… y me mata la curiosidad, yo nunca he tomado leche de vaca, y la que tomaba me la quitaron a los siete años, así que ni me acuerdo… —respondí.

—Juventud, divino tesoro. A mí de joven también me gustaba viajar —me decía el hombre con la añoranza dibujada en los ojos—. Recuerdo que recorrí muchos lugares. Estuve en “La isla misteriosa”; allí estudié para marinero mercante. Y después recorrí todo el mundo en el Nautilus, que era el nombre del barco en el que trabajé toda mi vida y del cual terminé siendo él capitán. Me retiré hace cuatro años. Ya estoy mayor para travesías. Este será mi último viaje.

—Señor, ¿y cómo es “La isla misteriosa”? —pregunté, porque el misterio de aquel nombre me atrapó.

—Es una isla bella y llena de ventajas. Todas las personas hablan en voz baja, las calles están limpias, hay abundancia en comida, ropa y calzado… el transporte público pasa exactamente cada 10 minutos y nunca, nunca falla…

—Bueno, eso es una desventaja, porque se pierde la justificación de la llegada tarde al trabajo —lo interrumpí.

—Nadie llega tarde al trabajo, son muy disciplinados, y además se paga muy bien.

—Mmmm… más que una isla misteriosa me parece una isla de sueños. En cuanto termine mi viaje iré a conocerla.

—No te será posible, hemos perdido el contacto con ella. Hace años se cayó el campo magnético que nos conectaba, y por el cual recibíamos muchísimos recursos. Era nuestra hermana y solidaria isla, pero desgraciadamente desapareció del mapa, de repente y sin avisar.

—¿La isla desapareció del mapa? —dije incrédulo y sobresaltado.

—No. Desapareció el campo magnético que nos conectaba —dijo con pesar.

Además de misteriosa… era una isla mal educada, pensé. Mira que desaparecer así de repente y sin avisar. Pero eso era el pasado, y estaba en mi aventura presente. Sabía que de seguro mi nuevo amigo podría aclararme ciertas dudas. Así que cambié el tema con el fin de comprender algunas cosas, y también un poco para levantar el ánimo a aquel anciano que parecía sumergido en la añoranza de sus recuerdos.

—¿Usted sabe por qué la terminal se llama “La Ambidiestra”? —le pregunté.

—La terminal se llama así porque aquí, si no resuelves por la derecha, resuelves por la izquierda. La vida es muy dura en estos tiempos. Esto no es como en las películas, que la gente llega a la terminal y saca su pasaje al momento, y al momento parte hacia su destino. No es así. La realidad supera siempre a la ficción. Tienes boleto, ¿verdad?

—No tengo. Estoy en la cola de la taquilla de ventas para comprarlo y salir de viaje hoy mismo —dije con normalidad.

—Los boletos se reservan con tres meses de antelación. Esa cola que estás haciendo ahora es para comprar un boleto para dentro de tres meses; o para el año que viene, porque puede que ya se hayan agotado las capacidades de este año. Es decir, que si quisieras partir hoy tendrás que hacer honor al nombre de la terminal. De otro modo te será imposible—. Lo dijo con una seguridad tan plena y absoluta que no me quedaron dudas.

Aunque habitualmente la izquierda se me da mejor, esta vez no me quedaba más remedio que quedarme en la derecha. No contaba con mucho más dinero que lo indispensable para el viaje, así que me resigné a esperar que llegara mi turno en la taquilla de venta.

Mientras tanto, seguí conversando con aquel marino retirado. Me contó acerca del último viaje que tenía previsto. Su travesía era muy interesante, un recorrido de “Veinte mil leguas de viaje submarino”. Conversamos una hora acerca de sus travesías por todo el mundo a bordo del Nautilus, hasta que le tocó el turno de abordar. Antes de partir intercambiamos nombres.

—Mi nombre es Neomigildo, pero me dicen Nemo. Capitán Nemo —me dijo mientras me estrechaba la mano y partía.

—Y mi nombre es Julio Gabriel Verne, pero me llaman Julio. Ha sido un placer conocerlo —agregué mientras lo veía alejarse.

Unos minutos después de su partida tocó mi turno en la taquilla de venta. Se habían agotado ya los boletos de todo el año para el recorrido por el país en 80 días. Solo quedaba el “Viaje a la Luna”, y ese no me interesaba. La vida en la Luna se ve en cámara lenta por culpa de la gravedad. Así que me retiré de la taquilla con los hombros caídos. Ya iba camino de la salida de la terminal cuando de pronto escuché:

—¡Taxi! Vamos, arriba, que me voy —decía pregonando un hombre.

Me pareció curioso, así que me acerqué a ver de qué se trataba. ¿Taxi? No sabía qué cosa era eso. Él pregonero se dio cuenta y con una mirada fija me preguntó:

—Dime, chama, me falta uno para salir. “La vuelta al país en 80 días”: ¿te montas?

Me pareció increíble, en unos segundos ya tenía destino. El taxi más bien parecía un cucarachón gigante. Era una máquina del tiempo, pero qué importaban los lujos, lo primordial era tomar de inmediato mi destino; así que sin preguntar nada partí a como fuera hacia el primer y único viaje de mi vida.

Ahora sueño con viajes, que soñar no cuesta nada… y ustedes no imaginan cuánto me costó aquel almendró

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