Fiebre

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Aquel lunes amanecí con fiebre. Fui a trabajar porque no había nada alarmante en ese aumento de temperatura. Un resfriado, pensé. En el periódico alguien insistió en que me tomara un par de Dipironas. El dolor de cabeza comenzó a las tres de la tarde de ese día. Cosa normal si tengo en cuenta que padezco de cefalea migrañosa debido a una desmielinización, resultado de una herida provocada por una meningitis viral que afectó los nervios de mi cerebro cuando tenía unos doce años.

El martes casi me caigo de mis propios pies de no ser por la pared al frente de la cama. Unas punzadas casi me inmovilizaron por unos segundos. Una hora después, salí a trabajarcon el dolor de cabeza, y un par de golpes en las rodillas. Una visita del secretariado de los trabajadores exigía mi presencia. Ese día me fui con fiebre muy alta directo para el hospital Ciro Redondo García. Allí estaba de guardia la joven doctora Yadira, quien me alertó sobre la posibilidad de la aparición de un dengue o una leptospirosis. Unos resultados de Leucograma y orina todavía no desprendían un dato alarmante.

El miércoles no fui a trabajar. Algunos compañeros de trabajo pasaron a verme. Todos dieron una opinión u otra. Al mediodía pasé por Radio Artemisa y a tres manos derechas creamos el blog Artemiseñas por Dentro. La idea original fue de Yudaisis Morenoy de Adianez Fernández. Por la noche volví al hospital y allí otra doctor de guardia ordenó otros análisis, mucho reposo y mucho líquido, porque tenía la boca muy seca.

El jueves también tuve visita. Otra visita. La visita. Quizás algo esperado. No sé. Sentí que mejoraba. Sin embargo debo omitir detalles. A media tarde ya estaba solo de nuevo y colgué en la pared el número 5007 original de la casa. Unas figuaras numéricas de calamina elaboradas en el año 1947. Desde ese momento soy habitante oficial de Artemisa. Esa noche volví al hospital para realizarme análisis urgentes. Las paquetas continuaban movidas, pero en los rangos normales. El viernes algo debía decidirse.

Amaneció el 28 de marzo cuando caminaba en dirección al policlínico Andrés Sansaric. No me podían atender porque el Reparto Toledo no es atendido por ellos. En el otro piliclínico, Tomás Romay, una cola que doblaba la esquina me desafiaba. Entré por otra puerta y me colé en el laboratorio. Me faltaba un cuño, pero nada que no se pudiera resolver. Me dirigí al departamento de Higiene y expliqué que necesitaba realizarme una extracción de sangre llamada monosuero. La amabilidad de una enfermera me convención para que regresara el lunes. La cepa del virus debía estar inmadura todavía.

Volví para mi casa y me mantuve más ermitaño todavía hasta el lunes, cuidándome de aquellas fiebres de 39 grados celcius que no seme quitaban.

El lunes e personé con la orden en el mismo departamento de Higiene. Me realizaron una encuesta que fue a parar a un file que decía en letras rojas: infectados, Sospechosos, Posibles. Sentí un honor criminal, un poco vergonzoso, cuando fui clasificado de sospechoso. Llevaba en la mochila la novela “Hombres sin mujer”, de Carlos Montenegro y dibujé en mi cara la sonrisa de Valentín Pérez Dayson. Cuando introdujeron la aguja en la vena, en mi mente gritaba: ¡Quiero comer ganllinan blanca! Y me imaginaba haciendo tronar las nubes golpeando el cielo con el brazo izquierdo. Salí un poco fatigado a pesar de no sentir dolor, solo angustia. Fue cuando pensé que la Leptospirosis podía ser una realidad.

Aquel día no almorcé. A la una de la tarde la Doctora Nuria Molina, enterada de mi caso, solicitaba mi presencia en su despacho. La dirección del hospital Ciro Redondo es pequeña y fría, intimidante. Sin embargo, un cómodo sofá me hizo sentir en casa de una amiga.

Repetí el Leucograma y la orina. Cero Leucositos por campo y las plaquetas normales. Visité el Salón de Rayos X para realizarme una placa de tórax, la cual tampoco sacó nada la luz, solo un poco de humo en unos pulmones grandes y saludables. Soy fumador pasivo. Mucha gente a mi alrededor fuma.

El martes primero de abril amanecí en el despacho de aquella gigantesca doctora que se empecinaba en descubrir la causa de mi padecimiento. Todavía tenía 38 y medio.

Me acostaron en la cama de los ultrasonidos y mis órganos parecen moldeados. Nada sospechoso en el hígado, riñones de tamaños normales y simétricos, páncreas normal, vesícula sin alteración, bazo normal y vejiga vacía. Debo añadir que el viernes, el lunes y l martes permanecí en ayunas hasta las once de la mañana.

Qué feliz me sentía: todos los diagnósticos eran satisfactorios. Ya me escapaba de la disponibilidad médica cuando en mi espalda un trueno me preguntó: ¿Qué tienes ahí?

Giré el dorso sin mucho trabajo porque ya caminaba rumbo a saludarme. El gigante de los niños de Artemisa, el Doctor Bladimir Barrios, pediatra y clínico, me rodeaba para abrazarme a modo de saludo.

–   Ángeles y demonios, de Dan Brown -le respondí y poniéndome la mano en la cabeza le dije: -¿Recuerda a Maiker Márquez, el hijo de Ada Leal? Pues él fue quien me lo regaló. Es primera edición para esta editorial.

Me auscultó sin tocarme y me citó para dentro de una hora en su oficina, la Dirección Provincial de Salud.

Dos horas después me presentaba en el laboratorio de microbiología para que me volvieran a extraer sangre y para saber cómo se comportaba el TGP y otros análisis que no me habían hecho en toda mi vida hasta ese momento. Todo dio normal, otra vez. El dolor de cabeza persistía y a las cinco de la tarde apareció la fiebre otra vez. Al otro día debía hacerme un Urocultivo, si maduraba, entonces me tratarían con antibióticos. Hasta aquí me hizo escribir la intriga.

Por la noche, durante un apagón de cuatro horas, me enteré de los novios de mi bisabuela. Nos reímos mucho. Me acosté temprano, sin embargo un mensaje al celular me desveló otro par de horas cuando ya había llegado la corriente. Otra enfermedad se empeñaba en molestarme: el amor.

El miércoles siguiente desperté en el baño. Debía entregar un Urocultivo e el laboratorio de microbiología del hospital. Mi cuerpo amaneció sin fiebre, sin embargo palpitaba todavía en mi cabeza un dolor soportable que solo se calma con diez minutos de sueño. Era el décimo día. Lo que había en mi cuerpo empezaba a fluir al exterior. Un cuadro infeccioso indeterminado abandonaba mi cuerpo.

El jueves llamé por teléfono al laboratorio de microbiología del hospital. El último examen de esta cadena de análisis también ofreció resultados negativos. No hay fiebre. No hay infección. No hay dolor. No hay rigidez. Parece que todo ha terminado.

(Jueves 3 de abril de 2014)

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