El asesino asesinado

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 Juan Roa Sierra arrastrado por la multitud

El cadáver del asesino Juan Roa Sierra arrastrado por la multitud.
Fotografía W. Torres – El Tiempo.

– Agente – suplicó casi sin voz-, no deje que me maten.

A partir de entonces nadie podría olvidarlo. Tenía una barba tupida y su físico mostraba un cuerpo más muerto que vivo. En sus ojos sobresaltaba el terror. Llevaba jeans y camisa vaquera a rayas verticales, casi rotos por los tirones de los agentes policiales y de los civiles que los rodeaban y perseguían. Tenía el pelo revuelto y no faltó una mujer que intentara arrancarle algún mechón.

-Hijo de Puta –le gritó sin voz y agarrando nada con el puño en el aire-, ¡lo mataste!

La turba se lo arrancó a los guardias y a golpes de manos abiertas y cerradas, patadas y cajones, lo remataron en medio de la calle. Sus gritos no le defendieron. Sus carceleros no pudieron protegerlo para que fuera acusado en un tribunal por cuasi magnicidio. Al cuerpo macerado solo le quedaban un calzoncillo, un zapato y un par de corbatas inexplicables anudadas en el cuello. Fue dejado frente al Palacio Presidencial.

Las masas son un piélago de fantasmas que se arrastra con un silencio sobrenatural hasta donde el arrebato las precipite.

El asesino de Eliécer Gaitán nunca será recordado.

(Con información tomada de Vivir para contarla, Gabriel García Márquez, Editorial DIANA, México, 2002).

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