Nosotros, los pueblerinos (Conducta: Animal Pueblerino)

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Nosotros, cubanos pueblerinos, ¿tendremos qué adaptarnos a una visión cosmopolita del mundo? Tal vez no. No todos somos intelectuales, ni empresarios y mucho menos banqueros. Sin embargo, hace mucho tiempo estamos necesitados de cines climatizados, teatros acogedores o cafés literarios. Por ahora, tendremos espectáculos masivos y fiestas populares. Nos conformamos con el necesario gasto energético que significa el derroche tecnológico y no aprovechamos 72 horas de fiesta porque hay que descansar. pero, hasta ahora, nadie se ha muerto por ir sin dormir una vez al currelo. Y tal vez no sea yo el único que piensa así.

Vientos de pueblos nos abrazan. Somos cubanos y agricultores. La cultura, como término, tiene su origen en la actividad agrícola. Por eso, defiendo la idea de que Artemisa es quizás una de las provincias más cultas de mi país – esto no tiene nada que ver con el necesario periodismo agrícola que realizamos unos cuantos.  Hace unas semanas se realizó el salón “Sueño una isla”. Allí comprobé por primera vez -como observador-, el alto nivel de los artistas y escritores jóvenes o no de Artemisa. 54 obras no son una simple recopilación de tarjetas o un agrupamiento espontáneo y deliberado de la producción de los artistas, sino, una cuidada selección de material artístico. Esa productividad de nuestros creadores es comparable con la de nuestros campesinos.

Los del pincel, ahora un poco más tecnologizados, llevan al lienzo fotografías despixeladas, o retratos de caras arrugadas por el sol –que bien pueden ser de un campesino- y hasta bellas copias de la realidad. Así, pude ver aguacates, cuchillos, plátanos, tenedores, piñas, cucharas y platos. También, el espíritu de aquellos que trafican con el alma, transportando alimentos en grandes sacas en el medio de transporte más económico y seguro, el tren.

Los de la guataca cada vez son más cumplidores. Sobrepasan los planes anuales. Trabajan 24 horas, 365 días para lograr frutabombas dignas de ser dibujadas por Van Goh o malangas vistosas que parecen extraídas del diario de un naturalista perdido en América precolombina.

Nuestro panorama es versátil y virtuoso, pero desprovisto de excelencias. La calidad y la productividad son palabras comunes, no sentido común. Solo el hecho del cumplimiento de los planes de producción tiene la lágrima del kitsch (definida por Milán Kundera como el sentimentalismo exagerado ante una escena trivial) que desproporciona el sentir pueblerino. Nuestra identidad es un infante de manos largas y piernas cortas. Hacen falta las manos y pies de los campesinos y artistas agarrando el pasado y escalando el presente para no tambalearnos en el camino hacia el futuro.

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