Flor amarilla (I)

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Verde que te quiero verde.
Verde viento. Verdes ramas.
El barco sobre la mar.
Y el caballo en la montaña.

Federico García Lorca

 

Como le prometí. Llegué a 5007 con más vida y menos ganas. Deseaba quedarme, no verla ir. De seguro, en su cotidianeidad, ella ni se imagina que esa noche recibí la madrugada descorchando una botella para el recuerdo. Las madrugadas están hechas para pensar. Una galería de fotos en mi celular para el martirio de recordar un buen mal intento. Su carita sonriente, par de mensajes de texto, su nombre escrito con plumón en una cartulina blanca, toda la motivación que me completa, y para siempre.

Es el tiempo, ese traicionero y mal amigo que nos da la suerte de andar por ahí, encontrando quizás. Yo la encontré como Héctor a la Maga: andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos. Y me encantaría viajar con ella desde el lado de acá y hasta el lado de allá. Desde París a Buenos Aires. De Barcelona a Las Terrazas. De Nueva York y hasta el Vedado.

Se alejaba escapándose delante de mis ojos, -¿cómo se agarra con los ojos?, le había preguntado horas antes. Mis ojos queriendo agarrarla la miraban, y mirándola casi la atrapaban, para que no se fuera aunque ambos debíamos hacerlo, quizás lo notaba, dicen que la mirada pesa. Aquellos fueron los segundos más intensos que desde la adolescencia no vivía. Toda mi vida atraído por aves de paso que solo saben responder. Ella, la pregunta que todavía no sé construir, la esquizofrénica conversación que me abstrae y me hace caminar con la cabeza gacha buscando las yerbitas del camino, inspeccionando las paredes con instinto de Sherlock para encontrar en algún musgo la tonalidad exacta del verde que ella no es. Hay tanto verde afuera.

La flor amarilla se fugaba y se secaban mis ojos y los exprimían tantas imágenes y argumentos y las y(íes) no me alcanzaban para motivarme a seguir sin ella. La marquesina la cubría. Llovía e iba dispuesta a dejarse mojar y dejarme allí sobre el mármol blanco de ese piso donde se detuvo el tiempo en unos segundos prisioneros. Quizás no le importaba nada mi dolor. Tampoco importaba que le importara. Loco, como soy, por esa muchacha sin nombre. Yo, un trozo de esperanza gris, que no tiene la inteligencia para borrar de mis ojos los que sus pupilas no ven. ¿Cómo se puede tener a quien te da señales pero no está? ¿Por qué será que la primavera dura tan poco para el hombre del traje gris?

 

mmmmmm

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