Elocuentes sonrisas para abrir los cielos

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Toda la esperanza del mundo cabe en el corazón de un niño. A ellos estuvo dedicado el espectáculo dominical realizado en el parque Libertad de la capital provincial.

Cada tercer domingo de julio, en Cuba, se celebra el día de esas personitas que cuando ríen se abren los cielos, como diría el apóstol José Martí.

Aquella mañana, un cuarteto de payasos, del grupo de teatro Máscara de Luna, se encargó de amenizar la fiesta y con sus locuras caricaturescas formaron un batallón de “narices rojas” en el público que cantó, bailó y participó de elocuentes ocurrencias.

Imagen 688Por su parte, el experimentado payaso Chepín atrajo la atención de grandes y pequeños con trucos de magia, dicharachos y atrevimientos. Los niños se juntaban porque aquello les hacía algún bien. Una alegría transmisible de naturaleza exquisita como el cake repartido, y bulliciosa también, cuando se rompieron las piñatas.

Así se demostró que en Artemisa tenemos niños expresivos, participantes y socializadores. Cada día nos impresionamos más con sus inteligentes respuestas, o con sus lógicas expresiones. Entonces, experimentamos conmociones que nos recuerdan que lo importante es que los niños quieran saber, jugar, cantar, en fin que sean felices.

Celebraciones como la del pasado domingo propician un futuro hermoso.

La desorientación como exceso

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desorientacion_1“Estoy completamente desorientado, soy todo lo que está completamente desorientado, así se lamenta el hombre moderno”.

Comenta Friedrich Nietzsche en el primer párrafo de una de sus obras más conocidas, “el Anticristo”. Este filósofo alemán fue malinterpretado por los racistas nazis, lo cual provocó un Holocausto llamado Segunda Guerra Mundial. Hoy sigue siendo desentendido. Tanto así, que su obra es mencionada pero no conocida, incluso en altas esferas de la cultura (-quizás por prudencia). Continuar leyendo

Tarde

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Hombre_solo

Extraño lo que éramos

Es inevitable. Estaba sentando escuchando a los pregoneros, la conversación de Mercedes la vecina, y los diálogos de los niños que salían de la escuela. Cosa rara era que no estaba oyendo música. Tenía parado el pensamiento, y sin embargo no te pensaba. En un arranque de lucidez noté tu ausencia, era obvio que no estabas. Quise levantarme de la cama para abrir una botella de vino. No había gaseosa, ni limón y se me antojaba una sangría y un par de buenas baladas de Jazz. Me levanté con el dolor de columna que por estos días me oprime y con esfuerzo llegué hasta la puerta del refrigerador. No lo abrí. En ese instante Randy tocó la puerta, había olvidado que lo cité para repasar inglés. No quería dejarlo pasar. Esa tarde estaba muy negativo, quizás si estuvieras mejoraría mi sociabilidad. Otra vez solo. La realidad es que siempre he sido tan poeta como ha querido tu ausencia. No me resistí y lo dejé entrar. Randy me ocupó durante una hora con una sonrisa constante a la que le respondía con simples gestos faciales. Me repugna la barba de Randy. Ese día me repugnaban muchas cosas. Me levanté leyendo a John Banville y la sensual escritura de ese señor provoca que uno se repugne con cualquier cosa, incluso cualquier otro libro que no sea Antigua Luz. Mientras permanecía en la cama soñaba despierto con poder escribir algún día como Banville. Sin embargo, yo he sido menos literato, como V. S. Naipaul, pero cuando encuentro una novela como Antigua Luz, siento que escribir (pude haber dicho “ser escritor”) mejor es la posibilidad y no la consecuencia. Al fin Randy se fue detrás de su prima Betis que lo llamó al celular. Agradecí a las tetas de esa pelirroja y a su cerebro de mosquito que se le haya ocurrido llamarlo. Me gustan los pechos redondos como los de Betis. Se parecen a los tuyos, pero los tuyos saben “a jamón y tortilla de patatas”. Pensar en eso me da unas ganas intensas de arrebatarte el ajustador con esa técnica de mis dedos que tanto te molesta en público. Ahora pasa Eva. ¡Qué nalgas tiene esa mujer! Se pone pantalones apretados que sacan de sus casas a todos los vecinos de la cuadra. ¿Tendrán esas nalgas vellos rubios como tú? Te aseguro que las tuyas son el orgullo de tu divina figura. Pensando en ello, entro a la casa para escuchar esas baladas que no escuchamos juntos. Ni Betis, ni Eva son las mujeres que me gustaría tener tan cerca. Son públicas como esta ciudad y tú eres única y fijas mi rumbo en tu dirección, y mis deseos en tu caminar. Inevitablemente te extraño ¿Será que soy adicto a tí? No, es que tú me importas más de lo que crees, más de lo que te demuestro. Esta soledad de 5007 es un bosque demasiado oscuro y profundo. Es tarde y tengo promesas que cumplir y mucho que viajar antes de poder dormir. ¿Me has oído, Maravilla? Mucho que viajar antes de poder dormir.

Fiebre

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Aquel lunes amanecí con fiebre. Fui a trabajar porque no había nada alarmante en ese aumento de temperatura. Un resfriado, pensé. En el periódico alguien insistió en que me tomara un par de Dipironas. El dolor de cabeza comenzó a las tres de la tarde de ese día. Cosa normal si tengo en cuenta que padezco de cefalea migrañosa debido a una desmielinización, resultado de una herida provocada por una meningitis viral que afectó los nervios de mi cerebro cuando tenía unos doce años.

El martes casi me caigo de mis propios pies de no ser por la pared al frente de la cama. Unas punzadas casi me inmovilizaron por unos segundos. Una hora después, salí a trabajarcon el dolor de cabeza, y un par de golpes en las rodillas. Una visita del secretariado de los trabajadores exigía mi presencia. Ese día me fui con fiebre muy alta directo para el hospital Ciro Redondo García. Allí estaba de guardia la joven doctora Yadira, quien me alertó sobre la posibilidad de la aparición de un dengue o una leptospirosis. Unos resultados de Leucograma y orina todavía no desprendían un dato alarmante.

El miércoles no fui a trabajar. Algunos compañeros de trabajo pasaron a verme. Todos dieron una opinión u otra. Al mediodía pasé por Radio Artemisa y a tres manos derechas creamos el blog Artemiseñas por Dentro. La idea original fue de Yudaisis Morenoy de Adianez Fernández. Por la noche volví al hospital y allí otra doctor de guardia ordenó otros análisis, mucho reposo y mucho líquido, porque tenía la boca muy seca.

El jueves también tuve visita. Otra visita. La visita. Quizás algo esperado. No sé. Sentí que mejoraba. Sin embargo debo omitir detalles. A media tarde ya estaba solo de nuevo y colgué en la pared el número 5007 original de la casa. Unas figuaras numéricas de calamina elaboradas en el año 1947. Desde ese momento soy habitante oficial de Artemisa. Esa noche volví al hospital para realizarme análisis urgentes. Las paquetas continuaban movidas, pero en los rangos normales. El viernes algo debía decidirse.

Amaneció el 28 de marzo cuando caminaba en dirección al policlínico Andrés Sansaric. No me podían atender porque el Reparto Toledo no es atendido por ellos. En el otro piliclínico, Tomás Romay, una cola que doblaba la esquina me desafiaba. Entré por otra puerta y me colé en el laboratorio. Me faltaba un cuño, pero nada que no se pudiera resolver. Me dirigí al departamento de Higiene y expliqué que necesitaba realizarme una extracción de sangre llamada monosuero. La amabilidad de una enfermera me convención para que regresara el lunes. La cepa del virus debía estar inmadura todavía.

Volví para mi casa y me mantuve más ermitaño todavía hasta el lunes, cuidándome de aquellas fiebres de 39 grados celcius que no seme quitaban.

El lunes e personé con la orden en el mismo departamento de Higiene. Me realizaron una encuesta que fue a parar a un file que decía en letras rojas: infectados, Sospechosos, Posibles. Sentí un honor criminal, un poco vergonzoso, cuando fui clasificado de sospechoso. Llevaba en la mochila la novela “Hombres sin mujer”, de Carlos Montenegro y dibujé en mi cara la sonrisa de Valentín Pérez Dayson. Cuando introdujeron la aguja en la vena, en mi mente gritaba: ¡Quiero comer ganllinan blanca! Y me imaginaba haciendo tronar las nubes golpeando el cielo con el brazo izquierdo. Salí un poco fatigado a pesar de no sentir dolor, solo angustia. Fue cuando pensé que la Leptospirosis podía ser una realidad.

Aquel día no almorcé. A la una de la tarde la Doctora Nuria Molina, enterada de mi caso, solicitaba mi presencia en su despacho. La dirección del hospital Ciro Redondo es pequeña y fría, intimidante. Sin embargo, un cómodo sofá me hizo sentir en casa de una amiga.

Repetí el Leucograma y la orina. Cero Leucositos por campo y las plaquetas normales. Visité el Salón de Rayos X para realizarme una placa de tórax, la cual tampoco sacó nada la luz, solo un poco de humo en unos pulmones grandes y saludables. Soy fumador pasivo. Mucha gente a mi alrededor fuma.

El martes primero de abril amanecí en el despacho de aquella gigantesca doctora que se empecinaba en descubrir la causa de mi padecimiento. Todavía tenía 38 y medio.

Me acostaron en la cama de los ultrasonidos y mis órganos parecen moldeados. Nada sospechoso en el hígado, riñones de tamaños normales y simétricos, páncreas normal, vesícula sin alteración, bazo normal y vejiga vacía. Debo añadir que el viernes, el lunes y l martes permanecí en ayunas hasta las once de la mañana.

Qué feliz me sentía: todos los diagnósticos eran satisfactorios. Ya me escapaba de la disponibilidad médica cuando en mi espalda un trueno me preguntó: ¿Qué tienes ahí?

Giré el dorso sin mucho trabajo porque ya caminaba rumbo a saludarme. El gigante de los niños de Artemisa, el Doctor Bladimir Barrios, pediatra y clínico, me rodeaba para abrazarme a modo de saludo.

–   Ángeles y demonios, de Dan Brown -le respondí y poniéndome la mano en la cabeza le dije: -¿Recuerda a Maiker Márquez, el hijo de Ada Leal? Pues él fue quien me lo regaló. Es primera edición para esta editorial.

Me auscultó sin tocarme y me citó para dentro de una hora en su oficina, la Dirección Provincial de Salud.

Dos horas después me presentaba en el laboratorio de microbiología para que me volvieran a extraer sangre y para saber cómo se comportaba el TGP y otros análisis que no me habían hecho en toda mi vida hasta ese momento. Todo dio normal, otra vez. El dolor de cabeza persistía y a las cinco de la tarde apareció la fiebre otra vez. Al otro día debía hacerme un Urocultivo, si maduraba, entonces me tratarían con antibióticos. Hasta aquí me hizo escribir la intriga.

Por la noche, durante un apagón de cuatro horas, me enteré de los novios de mi bisabuela. Nos reímos mucho. Me acosté temprano, sin embargo un mensaje al celular me desveló otro par de horas cuando ya había llegado la corriente. Otra enfermedad se empeñaba en molestarme: el amor.

El miércoles siguiente desperté en el baño. Debía entregar un Urocultivo e el laboratorio de microbiología del hospital. Mi cuerpo amaneció sin fiebre, sin embargo palpitaba todavía en mi cabeza un dolor soportable que solo se calma con diez minutos de sueño. Era el décimo día. Lo que había en mi cuerpo empezaba a fluir al exterior. Un cuadro infeccioso indeterminado abandonaba mi cuerpo.

El jueves llamé por teléfono al laboratorio de microbiología del hospital. El último examen de esta cadena de análisis también ofreció resultados negativos. No hay fiebre. No hay infección. No hay dolor. No hay rigidez. Parece que todo ha terminado.

(Jueves 3 de abril de 2014)

Mi propia letra escarlata

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Feliz 14 de febrero

La letra escarlataHoras antes de que el día 14 apareciera en el calendario de mi reloj, terminé de leer La letra escarlata, del imprescindible Nathaniel Hawthorne. Cuando hablo de esta novela los que me escuchan recuerdan la versión fílmica. Para mí esta novela fue más que un descubrimiento, fue el bálsamo que calmo la espera.

En esta ocasión también buscaba algo, como cuando encontré aquel libro Invierno Mediterráneo por aquellos días en que la M empezó a meterse en mi cabeza como letra y personaje, y en mi vida como mujer y amor. En la novela del norteamericano Hawthorne quise encontrar una justificación, pero ni siquiera Nathaniel, con el extenso prólogo autobiográfico, ni con la conclusión de la obra pudo responder a mis preguntas.

Los prejuicios de una época oscura no permiten que el amor entre dos seres humanos se concrete. ¿Otra lectura de amores imposibles? No, la mejor lectura sobre amores imposibles. La fatalidad de Ester Pryne y de Arturo Dimmesdale se convierte en una maravillosa Perla, en la que durante siete años se esconderá el secreto de una transgresión.

Lord Byron decía que la venganza es dulce, sobre todo para las mujeres. Ester no se pudo vengar de la vergüenza pública a la que estuvo sometida en el poblado de Nueva Inglaterra, pero supo vivir con honor, sin desfallecer porque Arturo solo toco su cuerpo una noche, en ese instante se convirtió en el amor de su vida.

Ester, una de esas mujeres bellas, que aunque quieran no pueden ser mejor porque la perfección no existe, protagoniza una batalla de siete largos años, aceptando bochornosas acusaciones de brujería que la asociaban con el hombre negro, del cual decían se paseaba por el bosque con un libro bajo el brazo comprando almas para el señor oscuro.

Ester tenía un pasado interesante; Arturo pudo ser un gran escritor. Ester fue obligada a llevar una letra A escarlata en el medio del pecho como señal de advertencia; Arturo se flagelaba llevándose la mano al corazón para esconder la cicatriz de su gran amor.

El hombre encuentra el amor una sola vez en la vida, las mujeres hacen del amor su historia de vida. Arturo transgredió el celibato legislado por Dios con el fin de escuchar la música sobre la verdad desconocida. Ester amó a un hombre rico, pero Arturo le dio a Perla, único sentido para su vida.

La manera en que el pueblo de Nueva Inglaterra trató a Ester, juzgándola por un comportamiento que hoy parece natural, es la mejor demostración del carácter de los habitantes de ese efímero puerto. De acuerdo con Evelyn Cunningham: “las mujeres suponen el único colectivo oprimido de nuestra sociedad que convive en asociación íntima con sus propios opresores”. Y en esa convivencia se mantuvo Ester durante siete años protegiendo el nombre del otro pecador.

Es el adulterio un tipo de amor clásico de todos los tiempos, un amor verdadero que solo podrá ser descubierto cuando dos cómplices dan y reciben mutuamente contribuyendo al suicidio del alma con las heridas que provoca el cuchillo de la afrodisíaca belleza.

Ester ganó una fama inmerecida, como si el ojo de Dios siempre la viera. Obtuvo una popularidad problemática, ganada por unos trompeteros ángeles que no paraban de señalarla. Su belleza fue reducida a una letra A color escarlata, su cabellera se escondió en una gorra y nunca más se volvió a ver su piel sino en sus manos y en su cara. Su Perla en cambio “era tan pura y bella como un lirio que hubiese florecido en el Paraíso”.

Por su parte Arturo de tanta infelicidad acumulada comienza a odiar, a despreciar. La malignidad aparece en su corazón provocando en su intelecto unos monólogos de espasmo con los que se provocaba el deseo gratuito de ser perverso, de ridiculizar todo lo bueno y santo. Se declaró enemigo del Rogelio, antiguo esposo de Ester. Y como continuación de las tentaciones se dotó de un conocimiento oculto, amargo y homicida que lo obliga a suspirar por última vez frente a todos los habitantes de Nueva Inglaterra, acostado en el tablado donde se juzgó a Ester, quien lo retuvo en sus brazos cuando la luz se encendió al final del camino.

Esta obra recrea el ambiente más o menos puritano de aquellos primeros años del siglo XIX. Algunos críticos la ubican dentro del llamado Romanticismo oscuro, movimiento en el que el más alto pedestal es ocupado por Edgar Allan Poe.

Después de la lectura de esta novela quisiera agregar como me siento en este 14 de febrero: Y ahora así ando, soltero y creyendo que sé mucho de mujeres porque no me he casado. Nutro la belleza de la cara de M cuando me contamino con estas lecturas. Yo sé que no soy su único problema, pero mientras ella llora yo la recuerdo, haciendo de ese tipo de pensamientos una función intelectual que me conduce a una dificultad.

El que ama es el que renuncia, no el que emprende (monólogo desordenado…)

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MNingún hombre inteligente sabe un método para conquistar a una mujer. Todos probamos y aprendemos de las memorias de nuestros amigos y de las apariencias de aquellos que dicen ser unos grandes conquistadores. Nos abrazamos a unas reglas que nos hacen naufragar intentando descifrar al amor como sustantivo y, aunque nos lo repitan y con ello nos den en la cabeza y suspendamos las más perceptibles pruebas, no logramos comprender que es un verbo. Buscamos un buen amor, pero no buscamos solo el amor. Soy partidario del criterio de que es más difícil amar todos los días a una sola mujer que a una distinta cada día. Algunos necesitamos la libertad para poder vivir, otros se aferran como el toro al rojo pañuelo.

Caminaba y le huía a la lluvia, pero no a ella. Caminando abrí el pomo de ron, no la invité. Estaba destrozado porque ese pudo ser un gran día. Le pase un mensaje al móvil y no lo leyó. Sé que tiene que borrar esos textos cortos que le escribo caminando por ahí. Por las noches apaga su móvil para que mi imprudencia no la vaya a descubrir. Me duele su partida y su horario, su tía y su abuela, su madre y hasta el avión que se la llevó. Está en mi mente fija y a toda hora, devorando mi fantasía, pura como un rayo de sol. Suena en mi boca la melodía de su nombre. Me lamento, encorvo los labios y cuento los minutos. No está, pero la pienso.

A veces he sido “tronco de hijo e´puta, tremendo descaraó e inmensamente sinvergüenza” –como ella dice-, pero no soy nadie en especial, soy común como mi nombre, pero he tenido éxito en amarla hasta donde me ha permitido la extraña circunstancia de tenerla solo los lunes.

Estoy loco por ella, por eso descargue todas sus fotos de Facebook y pongo su nombre en el buscador de Google. Quiero libar los besos más enamorados cual colibrí desde los carnosos labios de su boca. Ayer la vi y dije: -“ahí va mi trozo de esperanza gris”. Rompió en llanto. ¿Qué le iba a hacer? Me calma su presencia y me altera su recuerdo. Estoy desesperado. A mí no me parece, yo sé que lo estoy. Debo modificar mis ganas. De ella me quedan sus alas. Suficiente. Aunque a veces casi no duermo pensándola.

Todos los días le pido que se quede. Una mirada siempre es la respuesta, nunca una justificación. A veces creo que el disparo de su mirada me ha otorgado el don de la inmortalidad. Vivo en un eterno insomnio desde que nos miramos. La pienso con la fatiga del alcohol y con la calma de los besos ajenos. Debajo del cielo nadie la piensa más que yo. A veces es un alivio caminar solo recordándola. No veo nada, ni hablo con nadie. Solo ando. No sé cómo aliviar ese deseo de verla. En 5007 estaré solo con ganas de violar su cuerpo. Ahora debe fumar y tomar mucho ron pensándome. Anda loca y desesperada, lo sé.

Está lejos. En una fiesta. Se arregla para que la vea otro. Y la ingenua a mi lado tiene que dispararse el monólogo de amor que estoy descargando. Soy un egoísta: me emborracho cuando ella no lo hace.

Soy un conquistador pasivo. Conquisto primero el alma, después quiero sentir su extasis varias veces en mis manos, en mi boca, en el cable suelto que me define como hombre entre los seres humanos. El primer beso nos lo dimos 25 días después de comenzar a enamorarnos. Sabíamos lo que queríamos. Ninguno sobrepasó la frontera de la atracción física hasta que ambos estuvimos seguros de lo que queríamos.

Todos los problemas de las mujeres son complejos, o al menos es el más complejo entre el grupo de sus amigas. Ella no sabe qué hacer. Yo tampoco. Solo sé que “el que ama es el que renuncia, no el que emprende”.