El que ama es el que renuncia, no el que emprende (monólogo desordenado…)

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MNingún hombre inteligente sabe un método para conquistar a una mujer. Todos probamos y aprendemos de las memorias de nuestros amigos y de las apariencias de aquellos que dicen ser unos grandes conquistadores. Nos abrazamos a unas reglas que nos hacen naufragar intentando descifrar al amor como sustantivo y, aunque nos lo repitan y con ello nos den en la cabeza y suspendamos las más perceptibles pruebas, no logramos comprender que es un verbo. Buscamos un buen amor, pero no buscamos solo el amor. Soy partidario del criterio de que es más difícil amar todos los días a una sola mujer que a una distinta cada día. Algunos necesitamos la libertad para poder vivir, otros se aferran como el toro al rojo pañuelo.

Caminaba y le huía a la lluvia, pero no a ella. Caminando abrí el pomo de ron, no la invité. Estaba destrozado porque ese pudo ser un gran día. Le pase un mensaje al móvil y no lo leyó. Sé que tiene que borrar esos textos cortos que le escribo caminando por ahí. Por las noches apaga su móvil para que mi imprudencia no la vaya a descubrir. Me duele su partida y su horario, su tía y su abuela, su madre y hasta el avión que se la llevó. Está en mi mente fija y a toda hora, devorando mi fantasía, pura como un rayo de sol. Suena en mi boca la melodía de su nombre. Me lamento, encorvo los labios y cuento los minutos. No está, pero la pienso.

A veces he sido “tronco de hijo e´puta, tremendo descaraó e inmensamente sinvergüenza” –como ella dice-, pero no soy nadie en especial, soy común como mi nombre, pero he tenido éxito en amarla hasta donde me ha permitido la extraña circunstancia de tenerla solo los lunes.

Estoy loco por ella, por eso descargue todas sus fotos de Facebook y pongo su nombre en el buscador de Google. Quiero libar los besos más enamorados cual colibrí desde los carnosos labios de su boca. Ayer la vi y dije: -“ahí va mi trozo de esperanza gris”. Rompió en llanto. ¿Qué le iba a hacer? Me calma su presencia y me altera su recuerdo. Estoy desesperado. A mí no me parece, yo sé que lo estoy. Debo modificar mis ganas. De ella me quedan sus alas. Suficiente. Aunque a veces casi no duermo pensándola.

Todos los días le pido que se quede. Una mirada siempre es la respuesta, nunca una justificación. A veces creo que el disparo de su mirada me ha otorgado el don de la inmortalidad. Vivo en un eterno insomnio desde que nos miramos. La pienso con la fatiga del alcohol y con la calma de los besos ajenos. Debajo del cielo nadie la piensa más que yo. A veces es un alivio caminar solo recordándola. No veo nada, ni hablo con nadie. Solo ando. No sé cómo aliviar ese deseo de verla. En 5007 estaré solo con ganas de violar su cuerpo. Ahora debe fumar y tomar mucho ron pensándome. Anda loca y desesperada, lo sé.

Está lejos. En una fiesta. Se arregla para que la vea otro. Y la ingenua a mi lado tiene que dispararse el monólogo de amor que estoy descargando. Soy un egoísta: me emborracho cuando ella no lo hace.

Soy un conquistador pasivo. Conquisto primero el alma, después quiero sentir su extasis varias veces en mis manos, en mi boca, en el cable suelto que me define como hombre entre los seres humanos. El primer beso nos lo dimos 25 días después de comenzar a enamorarnos. Sabíamos lo que queríamos. Ninguno sobrepasó la frontera de la atracción física hasta que ambos estuvimos seguros de lo que queríamos.

Todos los problemas de las mujeres son complejos, o al menos es el más complejo entre el grupo de sus amigas. Ella no sabe qué hacer. Yo tampoco. Solo sé que “el que ama es el que renuncia, no el que emprende”.

25 años… no sabe olvidar

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chica-en-el-balcon-mirando-la-luna_thumb[3]Tiene 25 años. Anoche soñó, hoy las furias no la dejan. Es una muchacha común, con recuerdos comunes, con un nombre circunstancial. Sabe de amor pero no de decisiones. Para ella cada historia empieza antes, aunque no lo recuerde.

Era de madrugada. Salió al balcón a fumar. Desnuda. Pezones en atención y clítoris seco. No sabe qué hacer. Tiene la memoria llena y 108 nudos en el cerebro. Recuerda las dos tazas de café en el mostrador de la chocolatera de la calle 50. Aquella tarde llovía y ella salió con él porque en su trabajo no había café. Se mojaron mucho. Ella quería tomar café, o estar sola con él donde no los conocieran. Días antes, debajo de un árbol de mango, él le dijo: “Tú y yo podemos ser felices toda la vida”. En su mente ella le respondió: “Desaparece por mil años para que pueda olvidarte, pero no te alejes nunca de mi lado”. Continuar leyendo

Lo que fue del jueves…

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Hoy vino y no supe demostrarle toda la alegría que ella provoca en mí. Sentí que la felicidad tocaba a mi puerta, una hermosa dama quería entrar. Cuando entró quise aplaudir; me pareció indecente. No supe que decirle hasta diez minutos después cuando dejé de abrazarla y de apretarla con mis brazos. Puse el café. Preparó su cigarro. Después de contarme los tropeles del viaje volví a abrazarla. Todavía no he encontrado las palabras para nombrar lo que siento, pero debe estar muy relacionado con la vida, o con el alma. Se pueden vivir esos momentos y entenderlos, lo difícil es contarlos. No puedo realizar una descripción coherente de lo que hacemos cuando nos vemos, lo único que sé es que cada palabra escrita es solo la superficie de un agua profunda. Continuar leyendo

Me mira… está detrás de mí

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Era como una escalera invisible. Creía que con ella podría llegar al cielo. Me equivoqué: ahora el cielo está debajo de mí.

Sé que me pertenecen su alma y su cuerpo. Soy su príncipe. Me corona con laureles. Luego se ríe. Se burla de mí. Pero yo sé que ha llorado porque este amor le duele. Entre ella y yo solo hay amor y una barrera de sueños. Ella es mi amor clandestino, esa que se escribe en la caratula de la libreta de matemática en las rayitas del “ahorca´o”.

Hago con ella lo que un hechicero con su varita. La utilizo. Con su cuerpo y su alma practico mi magia. Se acomoda a mi manera. Es el material de todos mis experimentos. No protesta por nada, aunque la dañe o la marque.

Por las noches la siento en mi cama. Me mira la espalda. Me abraza. Me ama. No me lo dice, no tiene valor para llamar a esos fantasmas y traerlos hasta mi oído, porque no quiere que me asuste. Me cuida. Piensa mucho en mí. Me glorifica. Se atreve y viene hasta mi cuello, no lo muerde, lo mira, lo huele. Yo sé que se lo quiere comer. La siento respirar ahí en mi nuca en el esternocleidomastoideo. Y cuando me viro, cambia de posición. No me rechaza, pero no puedo tocarla como quiero. Siempre me huye. Teme a lo que le puedo decir. Comprendo su temor a mi reacción. Quiero rozar su cuello de seda con áspera barba.

He volado con ella por el cielo de mi cuarto, en 5007. Sin embargo, he decidido cortarle las alas y guardarlas en “el cajón de las muchas cosas”. Cuando lo hice, no protestó, simplemente se las dejo quitar. La desgarré. Sangró sangre blanca porque mis dedos la dañaron. “Muchacha loca”, pensé, “esto es lo único que tiene para soñar”. Las guardé bien entre una cosa y la otra. Allí están todavía. En el testamento ellas no figurarán, porque habrán desaparecido junto con mi alma.

Me he maravillado con su persona. Es más alegre que seria, es más contenta que triste. Aunque a veces es más al revés que al derecho. Antes de dormir me mira y dice: “te amo con toda mi vida mi príncipe coronado”.

A ella todo se le olvidaba, ahora no sabe olvidarme. La huelo en toda mi casa, el volcán de su olor me quema. Sé que tendré su sabor en mi boca si algún día considera decirme adiós. Pero ese hasta el viento me temerá al sentirme. Correré en su contra hasta que me tumbe el viril tornado con que la he amado todo este tiempo.

No quiero que me falten los lunes, ni los martes, ni los viernes, ni los jueves a su lado. En su garganta está mi sangre desde que me mordió, desde aquella tarde calurosa. Espero que nunca se olvide de mi límite, aunque no se atreve a sobrepasar sus propias fronteras. Ella sabe llevarme a la cima, y sabe cuánto tiemblo al hacerlo, me sabe miedos que solo tengo cuando estamos solos. Ante ella mi espalda se sacude.

Es el marpacífico culpable por ser perfecto y por verse tan bien en su pelo. Esa flor que parece la trompeta dorada de un ángel que se asoma en la nube y le grita a todos los mortales que dios no existe.

Sé que veo detrás de sus ojos, esos ojos hechos de cielo. Después de sus ojos no hay nada. Después de los míos: ella. Es que su mirada es un libro de mil páginas en blanco que me quiero aprender, es una edición única con todas mis respuestas.

Sé que me duele detrás de su dolor, ese dolor hecho de miedo. Ella es la culpable de toda esta mierda que escribo, porque de solo mirarla mis dedos tiemblan desesperados y sudan el churre de las guaguas en las teclas de mi laptop. La verdad es que en mi cabeza duele la migraña de su imagen.

Mi inteligencia no basta para conquistarla. Sus ojos me envenenaron el pensamiento y cobardemente pienso en que perderla puede ser una posibilidad. Cuándo acabará mi tormento no lo sé.

En susurros le cuento de naves, del espacio, de la luna. Le hablo de caricias. Todo como si fuera romántico. Y no lo es porque para ella lo romántico es volátil, solo sirve para convencer. Ella no quiere convencerse. Piensa que es peligroso. Para ella el peligro soy yo y mi ternura, mi deseo, mi mirada.

Y de nuevo su mirada gobierna mis palabras. Porque mi mirada es la que más le suplica, la que más le obliga a creerme, lo que hace que la sienta más cerca. Me mira incluso cuando me peino. Me apura cuando me tengo que ir para la parada.

Si tuviera conocimientos de rima, de métrica o de la correcta ubicación de los signos en la puntuación de sus palabras, ya entre los dos hubiéramos escrito un poemario.

Sus palabras son culpa del alcohol, el cigarro y mi imagen. Piensa que soy el culpable de todo. Estoy de acuerdo, me declaro su tercer vicio.

A la segunda o tercera vez que hablamos en mi cama le pedí su amor, ella no me prometió nada. Prefirió seguir con el juego. Me ha expulsado de su lado de la cama, pero después viene y me abraza. Se esconde como el topo en el agujero. Busca desesperadamente el calor de mis extremidades.

Llora cuando me voy. Se queda sola con Marco Aurelio, con Orión y con los fantasmas de 5007: Ofelia, José Manuel y Teresita.

Ahora está aquí, en 5007, me mira escribir, me alienta y me espera en la cama. Ahí, tumbada detrás de mí respira: la soledad.

Herramientas para un escritor-periodista

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periodista-cubano-por-cueta-propia“Al alcance de la mano tengo  mis libros cómplices: los dos tomos del Primer Dicccionario Ilustrado de la Real Academia, de 1903; el Tesoro de la Lengua Castellana o Española de don Sebastián de Covarrubias; la gramática de don Andrés Bello, por si hubiera alguna duda semántica, como es de rigor; el novedoso Diccionario ideológico de Don Julio Casares, en especial por sus antónimos y sus sinónimos; el Vocabolario della Língua Italiana de Nicola Zingarelli, …, y el diccionario de latín, que por ser este madre de las otras dos lo considero mi lengua natal”.  Así se ilustra Gabriel García Márquez en el segundo capítulo de Memoria de  mis putas tristes.

Para ser escritor y sentirte eso, lee todo lo que tengas a la mano; compara, los clásicos están muertos y no se ofenderán por tus comparaciones. Hablando de clásicos, esos son los que debes leer con más detenimiento, marcando, rayando, aprendiéndote frases de memoria, y citándolas en tus escritos. Citar: no puedes citar sin autoridad, pero trata de hacerlo lo menos posible, crea el concepto de algo en tu mente, hazte una propia imagen de las cosas y enséñaselas a los demás; les gustó, bien; no les gustó, mejor, lo mejoraras. Hay que cantar en el estadio si el equipo va ganando y si va perdiendo mejor, hay que seguir cantándole.

Cuando veas una hoja en blanco, no le tengas miedo, dale duro a esa cosa, como dice Charles Bukowski, pero no sigas mucho los consejos de ese escritor, te incita a tomar cerveza y te lo digo, la cerveza se te enreda en el paladar y ese gusto después no hay literatura que te lo quite.

Trata siempre de tener a mano el diccionario de sinónimos de Roque Barcia, algún texto de Literatura preceptiva, el Curso Superior de Sintaxis Española de Samuel Gili Gaya para aclarar semánticas también.

Lee todo los que puedas en tu lengua original, pero no olvides nunca a los franceses: son los mejores. Lee Oscar Wilde, los sonetos y el Hamlet de Shakespeare, el Fausto de Goethe, Rayuela de Cortázar, Crimen y Castigo de Dostoievski (es el preferido de Condoleezza Rice), la guerra y la paz de Tolstoi, los poemas de T. S. Elliot. Lee a Carpentier, Lezama y Martí, pero no olvides a los franceses. Aprende algo de política y trata de no equivocarte en las cuentas, tal vez un día te joden por no saber que ganaste vendiendo un libro de diez mil copias.

Escucha música, cómprate un mp3, un mp4 o un iPod, están baratísimos en cualquier lugar del mundo. La música “inspira” para escribir. La inspiración para un escritor no debe existir, menos para un periodista, pero la música es un empujón que quizás como principiante necesites.

Dice Gabo que el periodismo es el mejor oficio del mundo. Tú no eres nadie para determinar si es oficio o profesión, lo tuyo es escribir. El Gabo es, quizás, el único escritor millonario de este mundo, el puede decir lo que le de la gana. Por eso empecé con él.

Aprende filosofía. Lee a los clásicos griegos, a los alemanes y su profunda escritura donde cada palabra es solo superficie y el lector interpreta una profundidad de ideas que provocan después libros de ensayos. Eso también, lee los ensayos te ayudan a comprender y entender.

Enamórate al menos una vez al mes. Si encuentras a la pareja indicada, enamórate todos los días de ella, escríbele y no pares de hacerlo, o sí, cuando le estés demostrando tu amor. Dedícale muchos poemas a muchas mujeres, no se que le puedes dedicar a un gay, tal vez a ellos no le gustan los poemas y sí las escenas eróticas, pero trata de que en cada escrito ilustres un personaje que eres tú y una utopía que es tu pareja. Lo imposible resulta más placentero que lo fácil.

Aprende más de un idioma, el francés por ejemplo. Para que puedas leer en el idioma original. Lee y escribe como Jean Paul Sartre, en su autobiografía Las palabras. Critica y has conclusiones, dialoga (para aprender a dialogar está Platón), interpreta y recoge con letras tus sueños, tus imaginaciones, tus realidades. Escribe sin miedo, pero antes de hacerlo demuestra que has leído mucho. No olvides a los franceses.