Lázaro, reparador de fosforeras

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fosforera bicA los veinte años tuvo su primer hijo. Se separó de sus dos hermanos para ir a vivir con la madre de su progenitor. Su suegro le enseñó a rellenar fosforeras, y la vida a pasar trabajos y a superarse ante las dificultades. Tres años después todavía estaba sentado en el pupitre detrás de la mesita que ubicaba todas las mañanas en la acera más céntrica de la ciudad. Casi todos los fumadores lo conocían. Entonces llegó el segundo hijo. Después vino la separación y en el camino de vuelta a casa tuvo una recaída. Fue al policlínico y allí lo atendió una rubia tan alta como él. Esa noche no durmió pensándola. Al otro día compró una flor y volvió a la consulta. Ubicó el pupitre en el lugar acostumbrado. Tenía 27 años cuando la rubia dio a luz al tercero de sus hijos. Dos años después nació una rubiecita que se convertiría en el motivo de su vida, sería el mejor de reparador y rellenador de fosforeras. Comenzó a levantarse más temprano, a las 6 de la mañana ya estaba en su mesa de trabajo que escondía en un portal cuando llovía. Su mujer partió para Venezuela por cinco años, entonces tuvo que arreglárselas para ser padre y madre a la vez. La niña tenía 10 años. Abandonó el pupitre. Se encaramó en un taburete un poco más rudo. Adelgazó y sus huesos endurecieron. El tiempo es lento si esta uno vivo y esperando. Seis años más y descubrió que era feliz. Se sentía viejo, dejó de fumar y de tomar ron. Ahora solo cervezas. Comenzó a vivir en una segunda planta en una casa de tres cuartos, es fanático al Barça y de los Cazadores de Artemisa. Saluda a todos los vecinos y habla de cualquier cosa. Vive tranquilo. Es cederista destacado. Tiene una perra salchicha de la que está enamorado. Todas las tardes toma fresco sentado en un sillón en el portal junto a su mujer.
He aquí la historia casi completa de mi vecino Lázaro.

25 años… no sabe olvidar

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chica-en-el-balcon-mirando-la-luna_thumb[3]Tiene 25 años. Anoche soñó, hoy las furias no la dejan. Es una muchacha común, con recuerdos comunes, con un nombre circunstancial. Sabe de amor pero no de decisiones. Para ella cada historia empieza antes, aunque no lo recuerde.

Era de madrugada. Salió al balcón a fumar. Desnuda. Pezones en atención y clítoris seco. No sabe qué hacer. Tiene la memoria llena y 108 nudos en el cerebro. Recuerda las dos tazas de café en el mostrador de la chocolatera de la calle 50. Aquella tarde llovía y ella salió con él porque en su trabajo no había café. Se mojaron mucho. Ella quería tomar café, o estar sola con él donde no los conocieran. Días antes, debajo de un árbol de mango, él le dijo: “Tú y yo podemos ser felices toda la vida”. En su mente ella le respondió: “Desaparece por mil años para que pueda olvidarte, pero no te alejes nunca de mi lado”. Continuar leyendo