Denys San Jorge rescata todo el pasado de Cayo de la Rosa

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Denys San Jorge Rodríguez puede viajar en el tiempo. El escritor Miguel Terry Valdespino lo llamo una vez pintor arrepentido, suponiendo el posible abandono del caballete por una empresa de físicos y astrofísicos. El concepto de desplazamiento hacia delante o atrás en diferentes puntos del tiempo, así como lo hacemos en el espacio parece cosa de locos o de coloquiales esquizofrénicos, más si se trata de un cubano.

La cuestión es que Denys ha estudiado tanto el pasado causal en el relativo presente causal que hasta se ha propuesto definir un probable futuro causal, sin ser fanático de H. G. Wells, de Isaac Asimov o de Albert Einstein, aunque sí lector de a ratos de Mark Twain y sus disparatadas aventuras de un yanqui de Connecticut en la corte del Rey Arturo, o del Charles Dickens que narró las ensoñaciones del devenir de Ebenezer Scrooge en Canción de Navidad. Continuar leyendo

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Apuntes: Cuatro estaciones de La Habana (To be continued…)

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perugorria-jorge-cine-cuatro-estaciones-la-habanaEn los momentos en que celebra a La Habana, vuela el dron por la calzada de 10 de octubre, la que me gusta llamar la calzada de las columnas, como la continuación más serpenteante de toda la calzada de Infanta. Allá abajo, por esas estrechas calles donde las máquinas transitan por arriba de la raya amarilla, cercano a La Víbora, por La Palma, o más para el corazón habanero de Centro Habana, están los barrios que divierten a los escritores, esos que utilizó Eliseo Diego, Cintio Vitier, el rey Alejo, o los barbudos Daniel Chavarría y Leonardo Padura. Calles repletas de columnas, portales negros de hollín, vigas explotadas por el óxido, gente que hace mímica con las manos, pasillos hacia solares como barrios independientes, ese es el ecosistema donde los escritores ponen personajes como los cuatro jinetes, o Mario Conde. Tipos que a veces son demasiado hombres que se suicidan por mariconería, o buenos padres de familia, hijos agradecidos, o vagos peleadores que en la luchita encontraron un motivo y también la desgracia. Otros, los secundarios, gente común que pasan toda su vida en silencio sin los 15 minutos de fama a los que supuestamente estamos destinados. En fin, personajes que encarna las historias escuálidas y conmovedoras que se repiten en la ciudad maravilla.

Cuatro estaciones de La Habana es esa serie de ficción que queremos que sea Tras la Huella, o Unidad Nacional Operativa. Pero, en las tres el problema siempre es el mismo: el héroe. El talón de Aquiles, se repite con el ICRT, el ICAIC, o NETFLIX. No hay un principal al que quieras imitar, no hay un antihéroe que te descojone de la risa con sus ironías, no hay un timbalú que ripee el guion como le dé la gana y haga suyo el personaje. Perugurría con unas paradas a lo Brad Pitt no logró adueñarse de “el Conde” de las Cuatro estaciones como uno espera. Mi novia defiende la idea que el tipo para ese personaje era Luis Alberto García, que desgraciadamente hace del flaco, un personaje que en los libros tiene vida propia, y en la serie no es más que un paño de lágrimas.

El policía a lo CSI que uno espera se parece bastante a lo que fue Carlos Enrique Almirante en la serie. Perugurría quedó demasiado Marlowe y cansado. Sigue siendo el sobre explotado y sobrevalorado actor que todo lo gana para perderlo en el camino. Carlitos en su papel de un Manuel Palacios barbudo no concuerda con la moda policial de afeitado y sin patillas, pero tiene la fuerza y la voluntad de la juventud que rellena un poco el gran vacío que deja el dúo. Cuida al Conde precipitadas persecuciones, y hasta se enreda en un sótano con Maikel Yunior (Leo), un fornido narcotraficante que mayorearía al Conde cincuentón sin sobresfuerzos.

Mario Conde, con sus botas de cuero, pantalones de corte recto y camisas remangadas a tres cuartos con descuido representa un sex symbol criollo, solterón, fumador y tomador de sospechosos alcoholes que no hacen espuma. Afiliado de una cofradía de amigos de la generación perdida a la que Perogurría acude como acicate para su carrera actoral. Este Mario Conde se parece cantidad a una pila de cincuentones que conozco, aunque los que frecuento si están casados, o al menos tienen hijos para donar a la tan opacada, desde arriba, lucha generacional.  Todavía me pregunto, ¿por qué Padura creo un Conde tan solitario cuando él mismo lleva un montón de años con la misma mujer? ¿No ha dicho él mismo que el Conde es su Alter ego?

Me molesta de este Conde televisivo sus resentimientos políticos y la vuelta repetida al tema de la generación perdida, algo que convierte en su manido discurso en las disquisiciones políticas semi-filosofales en las que se acababa el ron se dispersaba el grupo y alguna patadita de niño malcriado se soltaba para recordar que en ese momento debía parecer molesto, que el tipo era policía con ganas de ser escritor, no un escritor que ayudaba a la policía. Tenía que ser primero escuálido, después conmovedor. No reírse ante la cámara y repetir consignas de protestón, niño malcriado y bocón. Sí, el Conde de esta serie me pareció infantil.

Presumo que la serie está ambientada en los años ochenta cubanos, antes de la caída en picada de la economía cubana. Si no es así, entonces cómo se explica tanta comida en la mesa de la madre del flaco. La imaginación no puede ser tan poderosa. El Conde literario es más alcohólico, en él todo justificaba un buen trago, casi siempre con el flaco. También presumo ese contexto por el radio que se repite, por las chapas de los automóviles, las balizas de luces en los Lada y lo más determinante, el uniforme policial. Conozco muy bien ese uniforme porque es el mismo que se usaba en la serie Su propia guerra, donde Alberto Camilo Pujol Acosta interpretó quien hubiera sido el Conde que yo esperaba, el Tavo, salvando las distancias entre el investigador y el oficial operativo. Además, mi padre utilizó ese uniforme cuando fue capitán de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, el conocido ejército cubano que fuera temido en toda África y respetado en el Medio Oriente. En las charreteras, tienen el mismo escudo entre las ramas de olivo y laurel, las estrellas y la línea roja tejida en el centro que determina los cargos de los oficiales.