El hombre de Fidel

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Por Manuel Alejandro Hernández Barrios (manu.hdez32@gmail.com)

“Cuando hay hombres sin decoro, hay otros q llevan en si el decoro de muchos hombres”.

José Martí

El héroe de la República de Cuba Ramón Labañino Salazar llegó durante aquella media mañana calurosa al teatro de la Universidad Mártires de Artemisa como vicepresidente de la Asociación Nacional de Economistas y Contadores (ANEC) a realizar un intercambio prometido con los estudiantes de esa institución.

Llegó saludando alumnos como a viejos conocidos. Sonriendo de emoción, visualizándolo todo. Confundido entre la multitud, se disfrazó de juventud a pesar del cansancio acumulado por 15 años de aguda prisión en “Tierra Sangrienta”, que es como se le conoce a la prisión donde estuvo. Las leves dolencias que no puede ocultar todavía no lo alejan del contacto directo y se entremezcla con todos y con todo. Continuar leyendo

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De la Cultura del presente depende la del futuro

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Por Manuel Alejandro Hernández Barrios

manu.hdez32@gmail.com

La cultura debiera situarse entre los principales temas a tratar a la hora de administrar un gobierno. Cultura es todo lo que somos, lo que nos hizo y lo que seremos en un contexto o ambiente determinado. Supone para el ser humano su esencia, la clave del progreso, su expresión y la única vía de ser libres.

Al menos en Artemisa se ha conseguido cierto consenso para la reinauguración de ciertas instalaciones culturales con una moderna forma de tratamiento. Problema que deteriora el patrimonio, el cual al no ser restaurado a su forma original, o al menos cercana, pierde la esencia de su historia. Algo que no sucede en lugares como la Habana Vieja, administrada por Eusebio Leal; o el Complejo Las Terrazas, primer y único Ecomuseo de Cuba.

El abandono de ciertas modalidades de construcción, naturales y propias de diferentes épocas de la historia de Cuba, de la utilización de la madera para la carpintería de ciertos lugares emblemáticos de la ciudad y la construcción decadente de las avenidas y aceras provocan discrepancias entre los artistas y molestias a los ciudadanos que desean respetar la tradición.

Algunos hablan del poco uso de los toldos para proteger al transeúnte del sofocante sol, al menos en las calles de más anchas aceras, como lo muestran antiguas fotos de nuestros pueblos; también preocupa la situación en que se encuentra el asfalto de las calles principales y de más hermosos nombres, como República, Martí, Colón, Céspedes y otras.

Así como recientemente lo observó el equipo de Cuba Dice en el Noticiero Nacional de Televisión, en nuestra pequeña ciudad se ha visto la transformación de lo que antes fueron hermosos lugares que ahora proliferan en vistosos y escandalosos timbiriches o cuchitriles que irrumpen con la arquitectura tradicional e irrespetan el patrimonio.

Es lamentable sentarse en el hermoso Boulevard y sentir que ya sus bancos tienen los bordes rotos. ¿Cómo es posible que eso suceda? A veces hay preguntas que no tienen respuestas.

Se puede notar que la preferencia al kitsch ha ido “In crescendo”. Se ha adornado nuestra ciudad con figúras deformes y faltas de calidad artística. Se defiende el brillo que ciega los ojos de quien gusta deleitarse y se deslumbra la vista con opacas vitrinas de cristal.

El gobierno cubano ha defendido la cultura basando su política sobre la máxima martiana que dicta “ser cultos para ser libres”. La oficina del historiador dirigida por Eusebio Leal se empeña en restaurar con materiales modernos o reconstruir las ideas arquitectónicas originales sin violar la concepción de los proyectos iniciales, ni ocultar la historia que en los edificios habaneros habita. ¿Por qué nos cuesta seguir su ejemplo para después tener que volver sobre lo hecho y emparcharlo todo?

El momento es preciso para recapacitar y para querer una ciudad digna de ser capital provincial, para mostrarla con orgullo ante los visitantes, para habitarla con frescura, para admirar la estética a la que no estamos acostumbrados. La historia apoya la renovación. La arquitectura debe ser restaurada, no maltratada. Ahora toca actuar con inteligencia y sobriedad en el presente para que no nos juzgue el futuro.

Café

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Mantengo una costumbre que no sé cómo llegué a obtener. Quizás fue en las mañanas de verano en el cuarto de mi abuela Ofelia, o en la mesa de carpintero de mi abuelo desconocido. Un vicio aprendido me levanta todos los días a las seis de la mañana. Mientras escribo lo huelo y su sabor acompaña mis mejores conversaciones. Debería existir un ritual para esa adicción universal.

Café, noble bebida que según el apóstol Martí “mantiene un misterioso comercio con el alma”. Degustado por devotos y ateos en cientos de formas. Inspiración de poetas, misa de novelistas, personaje de dramaturgos.

Degustarlo es el momento más espiritual de mi día. Es la esencia que aviva mi cuerpo.

El café cubano, ese que por las mañanas cuela una cafetera italiana, es carretero, montañés, fuerte o mulato; no es expreso, es amargo. Es la primera cortesía que se recibe durante las visitas. Su pariente más cercano, el té, se restringe a espacios más íntimos o selectivos.

Cafetera italiana o Moka

Cafetera italiana o Moka

Recuerdo cuando recogíamos café en las lomas de Pico prieto. Olíamos la fragancia de las blancas flores, de los frutos amarillos o rojos, o masticábamos las semillas para vivificar al cuerpo –algo tan sabio como aquello que dicta: “a falta de pan, casabe”.

Allí permanecíamos desde antes de salir el sol hasta las tres de la tarde seleccionando cafetos debajo de la humedad, con una camisa de mangas largas y algunas santanillas en el cuello. En las montañas de la Sierra del Rosario se cultiva, entre muchas otras, las variedades caturra y Moka. Mientras recolectábamos los cafetos, escuchábamos las historias de un mulato barbudo con acento oriental. Onelio Cardoso debió conocerlo. Nos contó que una vez se puso a afilar su hacha, sentado en un tronco, y cuando terminó, notó que estaba en otro lugar del monte; resultó que el tronco era un majá. Se asustó tanto que la emprendió a hachazos contra el reptil pero el hacha se amelló y el cabo se partió y tuvo que salir corriendo. En aquellos inmensos cafetales conocimos de un lagarto que se comía los dedos de los recolectores y hasta a mí se me ocurrió inventar que una vez vi pararse en dos patas a un ratón de 12 pulgadas y media, sin cola.

Eran los efectos de la montaña, la altura y el café. El mundo se volvía una cosa simple y la imaginación levitaba. Teníamos 13 años. Cosas que suceden cuando el café se mezcla con los ácidos del estómago. Por ejemplo, según el imaginario popular cubano, se considera que la borra del café puesta en los pies afloja el pecho. Así lo cuenta Argelio Santiesteban en su libro Uno y el mismo.

En otro libro, El monte, Lydia Cabrera recoge como testimonio que “el café es un consuelo y una necesidad que Dios le dio a los pobres. Se puede dejar de comer, pero no se puede dejar de tomar café”… “Sin café la vida no sirve”… “Es la medicina del corazón y del estómago. Lo que le da calor”. Y también nos alerta que no debe tomarse en todas partes.

Quizás el más famoso sea el italiano, el más tradicional el turco, el más mezclado el cubano, el más antiguo el árabe, o el más aguado el americano de los Starbucks. Existen cientos de recetas y miles de años de historia legitiman lo que significa tomarlo, degustarlo, ya sea sentado en el occidente, o de pie en el oriente. Como es deseado en todo el mundo, se han dicho de él millones de palabras.

Solo queda permanecer inmóvil ante el recipiente, piensa en cada detalle de lo que he dicho y lo que has oído además. Pruébalo, aunque sea la primera vez. No pienses en nada. Disfruta cada detalle de lo que ocurre.

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Beneficios del Café:

  • Antidepresivo
  • Reduce el riesgo de sufrir diabetes Tipo 2
  • Antioxidante
  • Reduce el riesgo de las piedras en la vesícula
  • Reduce el riesgo de la cirrosis hepática
  • Reduce la posibilidad de la pérdida de la memoria con la edad

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