Escondites sin movimiento

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Conservo una instintiva aversión a los pequeños cementerios, no así a los inmensos como ciudades, tal es el caso del de colón en La Habana, o Santa Ifigenia en Santiago.

Aquellas tapias con huecos o los mármoles rajados, las calles como caminos, las raquíticas flores sin perfume, la alegre simetría, todo como una parodia que entristece y oprime el corazón, que convulsiona los nervios.

Así es el afán de embellecer la muerte con artificios que recuerdan a familiares y amigos, aquellos que expiraron, de modo que , solo los ojos del doliente, pálido y rabioso, puede mirar a través del granito, entonces aparecen las horribles muecas y las mejillas carmín. Se llora.

He visto más de un cementerio abandonado, cubierto de hierbas silvestres, pisoteado por animales. Mientras más grande menos pavor me causan. Hay uno bajo el faro Roncali, en la punta del cabo de San Antonio, con menos de 20 tumbas que me eriza la piel, sobre todo por las leyendas o por los caimanes que por allí rondan.

Allá en “La mula”, un campamento al pie del turquino, lo que parecen tumbas, por la protuberancia en la tierra, conviven en el patio de unas raquíticas cabañas. Confieso que las noches allí me causaron un insomnio intrigante.

Los camposanto siempre causan una impresión melancólica, pero suave, respetuosa y hasta tierna. Son “vastos almacenes de la muerte”, como dijo Baroja, donde Caronte trafica con las ánimas, en una barca por las gélidas aguas del purgatorio.

La tierra, removida, deja ver profundas fosas que parecen feroces fauces aguardando con hambre a indefensos cuerpos. Los nichos vacíos, parecen habitaciones donde hospederos sin escrúpulos colocan a los desanimados visitantes.

Así es la muerte, un comercio constante con el ignorado más allá.

En esos escondidos rincones, hay una profunda calma, nadie molesta, y se envuelve uno en un santo sueño y comprende uno que allí es mejor el dormir y más sosegado el descanso.

Cuando están abiertas las rejas, se ve un camino que no confirma ninguna idea, por un instante te sientes indefenso. Conozco que hay quienes van a ellos en busca de fuerzas, de motivos.

Es imposible concebir un sitio más solitario que esos terrenos agrestes. Nada explica mejor el recuerdo que un enfático epitafio. Nada es más repugnante que el abandono.

En ellos convive una hermosura imperdonable que nos recuerda de dónde venimos y hacia dónde vamos; es el lujo de ser polvo.

Los rectangulares cajones producen un efecto de tapiz, bordado por las parcas de Hades.

Allí la pura y suave brisa mueve las flores, un hermoso espectáculo que nadie observa. La fetidez ciega a los vivos.

El sol resbala con suavidad sobre fotos y objetos, y hace brillar el bronce de las aldabas y dibuja la sombra del recuerdo.

Algunas mariposas revolotean, las avispas se anidan, los perros duermen, las lagartijas se asoman y los insectos desaparecen entre rendijas.

Nos tocará guarecernos de la vida en esos escondites sin movimiento.

Foto: Manuel Alejandro Hernández Barrios

Foto: Manuel Alejandro Hernández Barrios

Foto: Manuel Alejandro Hernández Barrios

Foto: Manuel Alejandro Hernández Barrios

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El hombre y la leyenda

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Ciro Redondo

Ciro Redondo

Veintiocho hijos de Artemisa llegaron a la heroica tierra de Santiago de Cuba bajo el hilo conductor de un movimiento que todavía no tenía nombre. Ese día comenzaba el epílogo de la dictadura de Batista.

Ciro Redondo llegó a aquella casa de la Granja Siboney persiguiendo el futuro. Pero, todavía hubo que esperar varios años para culminar la laberíntica lucha contra aquella República dependiente y corrupta. Ciro no pudo ver el final. El 29 de noviembre de 1957 un disparo en la frente decidió su destino. Dijo el Che que murió obsesionado con la lucha en una acción tremendamente heroica.

Fue sometido a juicio, condenado a 10 años de prisión, partió junto a Fidel a México, regresó entre los 82 expedicionarios del yate Granma, estuvo entre los que sobrevivieron en Alegría de Pío, participó en los combates de Arroyo del Infierno, Altos de Espinosa, Bueycito, El Hombrito, Pino del Agua y Mar Verde. En este último, por su lucha suicida contra la falsa república, fue ejemplo de valor más que mártir.

El 29 de noviembre de 1957 el viento muerto y las quietas aguas del mar, parecían avizorar una desgracia. Las madrugadas de húmedo frío ponen a prueba los nervios de los hombres. La oscuridad les llena el corazón de frialdad. Ciro sabía lo importante que era estar en Mar Verde. Esa noche durmió poco y sus ojos de lobo lo traicionaron.

Trasnochado se enfrentó a su destino. Las luces del futuro lo cegaron. Al final solo escuchó el ruido sordo de los disparos a su alrededor. La vida no la resumió en un minuto, ni tuvo importantes recuerdos. El instante de su muerte fue el más fugaz. En ese momento fue inmortal y su recuerdo no le permite descansar allí donde quiera que se encuentre.

Al siguiente día, la Comandancia General del Ejército Rebelde decretó su ascenso post mortem al grado de Comandante. Fidel Castro se refirió a este doloroso hecho proclamando que “considerando las virtudes de valor, disciplina y capacidad, se dispone su ascenso póstumo al grado de Comandante del Ejército Revolucionario desde esta fecha, que marca el primer aniversario de la gesta libertadora”. Tres días después se celebraría el primer aniversario del desembarco en el que el destino hizo coincidir a estos dos grandes hombres.

Ciro Redondo junto a Ramiro Valdés

Ciro Redondo junto a Ramiro Valdés

Bebo ha dejado de soñar

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La cuarteta cubana está de luto: el tiempo le quito lo irrepetible. Hoy la décima se silencia a sí misma porque su dolor es muy grande y sabe que no tiene remedio. La garganta del sinsonte está seca y el tomeguín ya no quiere cantar. Una voz ha decidido descansar.
La noche del 22 de diciembre del año 2011 fue fresca, el aire avisoraba desgracias pero nadie supo interpretarlo, nadie quería aceptar lo que se avecinaba. Solo el amanecer dejó que la noticia se propagara en una atmósfera espesa y seca, que llenaba de nudos las gargantas: ¡Ha muerto Bebo!
El hombre más sencillo del planeta, “el abuelo de la cuarteta” decidió frenar la creación. Se sentía muy cansado de los achaques de la vida y su cuerpo no soportaba más. ¿Quién se pondrá ahora aquellos espejuelos que más que espejuelos son ventanas desde donde se puede ver la vida como una eterna poesía?
Bebo poseía un limitado lenguaje, no era un letrado. Sin embargo cuando sus labios se separaban era para librar a las más sencillas palabras en unos versos que parecían imposibles. La más común de las historias fue contada por él en el lenguaje de los octasílabos.
Hombre libre y vividor de momentos felices. En su cara la sonrisa siempre estuvo visible. ¿Acaso alguien lo recuerda triste? ¿alguna vez salieron de esos ojos lágrimas de tristeza?
Para él la realidad fue nacer y morir, porque el mundo está echo de felicidad, como diría el gran Beny Moré. Para él no existía lo material, solo la poesía tenía valor en su vida. Asumió la vida como un sueño, y hoy se siente que Bebo ha dejado de soñar.