¿Qué buscaba en aquel libro? ¿Qué encontré?

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“Era contagioso, vibrante, una erupción de vida”.
R.D. Kaplan

Invierno Mediterráneo- Robet D. Kaplan

Invierno Mediterráneo- Robet D. Kaplan

Llegué con aquel libro en las manos. Esperanzado lo abrí en la primera página: Invierno Mediterráneo, Robert D. Kaplan. Primera Edición: abril 2004. Traducido del inglés. Escueta dedicatoria. Un mapa del mediterráneo. Los agradecimientos y por fin la primera línea: “La divinidad existe en hermosos recuerdos…”
Aquel primer capítulo fue como un garfio cuando agarra el hielo y lo arrastra por toda la nevera hasta el camión refrigerado que lo llevará al lugar donde desaparecerá. Así quedé con todo ese libro: enganchado, por dos días perdido y además destrozado por las ganas de seguir leyendo.
Llegué hasta aquellas tapas amarillas en uno de los cortísimos recorridos que realizo por ya saben que biblioteca. Hace muchos años había abandonado la idea de leer literatura de viajes, pero el tedio que es vivir solo y sin conversación en el barrio donde nací pero con vecinos irreconocibles para mis recuerdos, hizo que mis dedos agarraran aquel forro brillante como necesitados de hacerlo.

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Me mira… está detrás de mí

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The.Notebook

Era como una escalera invisible. Creía que con ella podría llegar al cielo. Me equivoqué: ahora el cielo está debajo de mí.

Sé que me pertenecen su alma y su cuerpo. Soy su príncipe. Me corona con laureles. Luego se ríe. Se burla de mí. Pero yo sé que ha llorado porque este amor le duele. Entre ella y yo solo hay amor y una barrera de sueños. Ella es mi amor clandestino, esa que se escribe en la caratula de la libreta de matemática en las rayitas del “ahorca´o”.

Hago con ella lo que un hechicero con su varita. La utilizo. Con su cuerpo y su alma practico mi magia. Se acomoda a mi manera. Es el material de todos mis experimentos. No protesta por nada, aunque la dañe o la marque.

Por las noches la siento en mi cama. Me mira la espalda. Me abraza. Me ama. No me lo dice, no tiene valor para llamar a esos fantasmas y traerlos hasta mi oído, porque no quiere que me asuste. Me cuida. Piensa mucho en mí. Me glorifica. Se atreve y viene hasta mi cuello, no lo muerde, lo mira, lo huele. Yo sé que se lo quiere comer. La siento respirar ahí en mi nuca en el esternocleidomastoideo. Y cuando me viro, cambia de posición. No me rechaza, pero no puedo tocarla como quiero. Siempre me huye. Teme a lo que le puedo decir. Comprendo su temor a mi reacción. Quiero rozar su cuello de seda con áspera barba.

He volado con ella por el cielo de mi cuarto, en 5007. Sin embargo, he decidido cortarle las alas y guardarlas en “el cajón de las muchas cosas”. Cuando lo hice, no protestó, simplemente se las dejo quitar. La desgarré. Sangró sangre blanca porque mis dedos la dañaron. “Muchacha loca”, pensé, “esto es lo único que tiene para soñar”. Las guardé bien entre una cosa y la otra. Allí están todavía. En el testamento ellas no figurarán, porque habrán desaparecido junto con mi alma.

Me he maravillado con su persona. Es más alegre que seria, es más contenta que triste. Aunque a veces es más al revés que al derecho. Antes de dormir me mira y dice: “te amo con toda mi vida mi príncipe coronado”.

A ella todo se le olvidaba, ahora no sabe olvidarme. La huelo en toda mi casa, el volcán de su olor me quema. Sé que tendré su sabor en mi boca si algún día considera decirme adiós. Pero ese hasta el viento me temerá al sentirme. Correré en su contra hasta que me tumbe el viril tornado con que la he amado todo este tiempo.

No quiero que me falten los lunes, ni los martes, ni los viernes, ni los jueves a su lado. En su garganta está mi sangre desde que me mordió, desde aquella tarde calurosa. Espero que nunca se olvide de mi límite, aunque no se atreve a sobrepasar sus propias fronteras. Ella sabe llevarme a la cima, y sabe cuánto tiemblo al hacerlo, me sabe miedos que solo tengo cuando estamos solos. Ante ella mi espalda se sacude.

Es el marpacífico culpable por ser perfecto y por verse tan bien en su pelo. Esa flor que parece la trompeta dorada de un ángel que se asoma en la nube y le grita a todos los mortales que dios no existe.

Sé que veo detrás de sus ojos, esos ojos hechos de cielo. Después de sus ojos no hay nada. Después de los míos: ella. Es que su mirada es un libro de mil páginas en blanco que me quiero aprender, es una edición única con todas mis respuestas.

Sé que me duele detrás de su dolor, ese dolor hecho de miedo. Ella es la culpable de toda esta mierda que escribo, porque de solo mirarla mis dedos tiemblan desesperados y sudan el churre de las guaguas en las teclas de mi laptop. La verdad es que en mi cabeza duele la migraña de su imagen.

Mi inteligencia no basta para conquistarla. Sus ojos me envenenaron el pensamiento y cobardemente pienso en que perderla puede ser una posibilidad. Cuándo acabará mi tormento no lo sé.

En susurros le cuento de naves, del espacio, de la luna. Le hablo de caricias. Todo como si fuera romántico. Y no lo es porque para ella lo romántico es volátil, solo sirve para convencer. Ella no quiere convencerse. Piensa que es peligroso. Para ella el peligro soy yo y mi ternura, mi deseo, mi mirada.

Y de nuevo su mirada gobierna mis palabras. Porque mi mirada es la que más le suplica, la que más le obliga a creerme, lo que hace que la sienta más cerca. Me mira incluso cuando me peino. Me apura cuando me tengo que ir para la parada.

Si tuviera conocimientos de rima, de métrica o de la correcta ubicación de los signos en la puntuación de sus palabras, ya entre los dos hubiéramos escrito un poemario.

Sus palabras son culpa del alcohol, el cigarro y mi imagen. Piensa que soy el culpable de todo. Estoy de acuerdo, me declaro su tercer vicio.

A la segunda o tercera vez que hablamos en mi cama le pedí su amor, ella no me prometió nada. Prefirió seguir con el juego. Me ha expulsado de su lado de la cama, pero después viene y me abraza. Se esconde como el topo en el agujero. Busca desesperadamente el calor de mis extremidades.

Llora cuando me voy. Se queda sola con Marco Aurelio, con Orión y con los fantasmas de 5007: Ofelia, José Manuel y Teresita.

Ahora está aquí, en 5007, me mira escribir, me alienta y me espera en la cama. Ahí, tumbada detrás de mí respira: la soledad.

5007

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el muchachon de la cuchillaA las doce y cinco de la madrugada yo no llamaría a casa de nadie. La media noche es una hora romántica. En ese momento, ya se descansa, se duerme, se mira una película, se leen unos párrafos, pocos los que a esa hora todavía escuchan música, algunos se hacen el amor y otros trasnochan.

La media noche también es la hora del escritor, o al menos de aquel que intenta decir algo a través de la escritura. Es la hora en que escribo este post. Es la hora de los que aman, de los que sueñan y de todos esos lugares comunes del romanticismo. Pero no es la hora de llamar a una casa. Continuar leyendo