Las Terrazas, a través del lente de Leslie Lister (Galería)

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La aventura de todos los días

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El jaba´o insistentemente sopla el pito y a la voz de “vamo pinar que me voy” arranca el motor un camión de doce metros de largo. Bajo el sol espera una larga fila de personas al otro camión, el que se va tiene todos los asientos ocupados y por veinte pesos la gente quiere irse sentada aunque tenga que esperar un poco más. Pero este escenario solo sucede a finales de semana, el resto de los días la gente viaja poco y hay que esperar mucho para viajar en uno de esos veloces camiones.
El paradero, en La Habana, es casi desértico. El terreno es de piedra caliza y un polvo blanco siempre se mueve en el aire. Algún perro pasa de vez en cuando siempre esperando que alguien se compadezca y comparta algún pedazo de su merienda. Los vendedores no dejan pasar una, ellos siempre están donde hace falta.
El hambre retorció mi estómago en una de esas esperas; no había ni el menor rastro de agua, excepto por la zanja de los costados de la planicie; al rato apareció un señor con refresco frío de algún sabor que no soy capaz de adivinar y que vendía bajo la consigna de “piña gaseado”, aquello fue la salvación de mi garganta.
Las pastillitas que suben la bilirrubina, bajan el colesterol, quitan el hambre y el sueño. Los caramelos para llevar de regalo a los niños. Las galleticas dulces. El pan con croqueta. El refresco frío. Los chistes de Silva en su programa Vivir del cuento. Las anécdotas de los más guapos boxeadores de Cuba y sus sparrings con púgiles de categoría universal. Los ídolos de la pelota que se destacaron por sus batazos o porque alguien tenía una curva que era imposible de batear. El vecino que se fue, el otro que cogieron. La calidad de la última novela cubana y los pasajes más incendiarios de la brasileña. La rapidez de uno y otro camión y hasta algunos comentarios sobre la economía del país. Eso y más, solo en una hora de conversaciones entre todos los que allí nos sentamos a esperar.
Una hora y media después, al fin, arrancó la mole de hierro que me llevaría a mi destino. La hora pasaba el mediodía. El viaje se hace silencioso. Se sienten una hilera de cambios de velocidad que indican que hay que agarrarse bien. El viento molesta a unas y favorece a otros. Cadetes militares, mujeres embarazadas, un recién casado que compró un refrigerador, las gomas de un carro que espera varado en algún lugar y hasta algunos pollos y guanajos, todo eso y más en un solo camión.
En el puente de El Mariel hay que esperar a las camionetas, ahí viene pasaje para Pinar y no se puede dejar. En los puentes de Candelaria y San Cristóbal: pan con jamón y queso, pan con guayaba y queso, maní molido y en grano.
Se cansa el cuerpo por la apretazón entre los cuerpos, por los baches que hacen brincar o porque no espacio donde apoyar uno de los pies. Sufre el alma por aquellos que no pueden pagar un viaje de estos. Se ríe el que ve gracioso que haya alguien pasado de su destino y se divierten todos con la ocurrencia de algún vendedor que viaja de puente en puente vendiendo calmantes para el estómago.
Así son los viajes La habana-Pinar y Pinar-La Habana. Una aventura que Mark Twain hubiese podido ilustrar en una novela, un cuento al que Cortázar le incluiría un embotellamiento de varias semanas. Un episodio que se repite todos los días.

Postal de Las Terrazas

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para una postal de Las Terrazas

para una postal de Las Terrazas

Por: Henry Fernández Alomá
Hace algunos días me fui muy tempano al puente en la entrada a la comunidad. Buscaba captar con mi cámara una “postal de Las Terrazas”. Esa imagen representativa y simbólica que poseen algunos lugares del mundo, y que nuestro pueblo con su gran belleza también debería tener. Traía en la mente la imagen del Valle de Viñales visto desde el mirador del Hotel Los Jazmines, o la de La Habana captada desde el Castillo del Morro. Sin embargo, fui sorprendido por otra imagen, la de los rostros de los niños que a esa temprana hora caminaban hacia la escuela. Estas sonrisas despreocupadas me animaron a algunas consideraciones.
El pasado mes de febrero, algunos jóvenes, hijos de fundadores del Plan, nos hablaron del futuro de la comunidad. Unos se mostraban esperanzados, otros tenían dudas de que todo pudiera mantenerse. Eso sí, todos coincidieron en que el esfuerzo y la voluntad que movió a nuestros padres a construir el lugar donde habitamos, es algo que nosotros ahora no seríamos capases de realizar. Y es que el gran logro de aquellos tiempos, fue que la gente sacrificara sus pequeños proyectos de vida, en pos de un futuro común.
Una tendencia de la vida moderna es el aislamiento. Esa burbuja de cristal que muchos nos construimos para protegernos de un mundo, cada vez más hostil. Pero encerrados en ella no vemos venir otros grandes problemas que pueden afectarnos a todos, haciendo estallar esta pompa y dejándonos definitivamente vulnerables. Porque como alguien escribió una vez: “ningún hombre es una isla en sí mismo”.
Algunos jóvenes vivimos justificando, con el hecho de que la historia no nos dio la oportunidad de destacarnos. Pues ahora tenemos la extraña fortuna de vivir en primera fila, el momento de tomar conciencia y cambiar las cosas, o verlas perderse para siempre. Una vez le oí decir a una savia mujer: “hay quienes no siembran una mata de mamey, porque dicen que no les alcanzaría la vida para verla dar frutos… Entonces cabría preguntar: ¿los mameyes que ahora comemos, quien los sembró?”.
El mes de abril estará dedicado a celebrar y reflexionar sobre las más jóvenes generaciones. Parece un buen momento para mirar más allá de nuestra isla personal, hacia el horizonte de todos. Solo si lo logramos, los rostros sonrientes de nuestros hijos, seguirán siendo la verdadera “postal de Las Terrazas”.